viernes, 14 de abril de 2017

EL ÁRBOL DE ORO- Ana María Matute



Asistí durante un otoño a la escuela de la señorita Leocadia, en la aldea, porque mi salud no andaba bien y el abuelo retrasó mi vuelta a la ciudad. Como era el tiempo frío y estaban los suelos embarrados y no se veíia rastro de muchachos, me aburría dentro de la casa, y pedí al abuelo asistir a la escuela. El abuelo consintió, y acudí a aquella casita alargada y blanca de cal, con el tejado pajizo y requemado por el sol y las nieves, a las afueras del pueblo.
La señorita Leocadia era alta y gruesa, tenía el carácter mas bien áspero y grandes juanetes en los pies, que la obligaban a andar como quien arrastra cadenas. Las clases en la escuela, con la lluvia rebotando en el tejado y en los cristales, con las moscas pegajosas de la tormenta y persiguiéndose alrededor de la bombilla, tenían su atractivo. Recuerdo especialmente a un muchacho de unos diez años, hijo de un aparcero muy pobre, llamado Ivo. Era un muchacho delgado, de ojos azules, que bizqueaba ligeramente al hablar. Todos los muchachos y muchachas de la escuela admiraban y envidiaban un poco a Ivo, por el don que poseía de atraer la atención sobre sí, en todo momento. No es que fuera ni inteligente ni gracioso, y, sin embargo, había algo en él, en su voz quizás, en las cosas que contaba, que conseguía cautivar a quien le escuchase. También la señorita Leocadia se dejaba prender de aquella red de plata que Ivo tendía a cuantos atendían sus enrevesadas conversaciones, y - yo creo que muchas veces contra su voluntad - la señorita Leocadia le confiaba a Ivo tareas deseadas por todos, o distinciones que merecían alumnos más estudiosos y aplicados.

Quizá lo que mas se envidiaba de Ivo era la posesión de la codiciada llave de la torrecita. Ésta era, en efecto, una pequeña torre situada en un ángulo de la escuela, en cuyo interior se guardaban los libros de lectura. Allí entraba Ivo a buscarlos, y allí volvía a dejarlos, al terminar la clase. La señorita Leocadia se lo encomendó a él, nadie sabía en realidad por qué. Ivo estaba muy orgulloso de esta distinción, y por nada del mundo la hubiera cedido. Un día, Mateo Heredia, el mas aplicado y estudioso de la escuela, pidió encargarse de la tarea - a todos nos fascinaba el misterioso interior de la torrecita, donde no entramos nunca -, y la señorita Leocadia pareció acceder. Pero Ivo se levantó, y acercándose a la maestra empezó a hablarle en su voz baja, bizqueando los ojos y moviendo mucho las manos, como tenía por costumbre. La maestra dudo un poco, y al fin dijo: - Quede todo como estaba. Que siga encargándose Ivo de la torrecita. A la salida de la escuela le pregunté:

- iQué le has dicho a la maestra? - Ivo me miró de traves y vi relampaguear sus ojos azules.

- Le hablé del árbol de oro. - Sentí una gran curiosidad.

- iQué árbol?

Hacia frio y el camino estaba humedo, con grandes charcos que brillaban al sol pálido de la tarde. Ivo empezó a chapotear en ellos, sonriendo con misterio.

- Si no se lo cuentas a nadie...

- Te lo juro, qué a nadie se lo diré.

Entonces Ivo me explicó: - Veo un árbol de oro. Un árbol completamente de oro: ramas, tronco, hojas... ¿sabes? Las hojas no se caen nunca. En verano, en invierno, siempre. Resplandece mucho; tanto, qué tengo qué cerrar los ojos para que no me duelan.

- Qué embustero eres! -dije, aunque con algo de zozobra. Ivo me miró con desprecio.

- No te lo creas - contestó. Me es completamente igual que te lo creas o no... ¡Nadie entrará nunca en la torrecita, y a nadie dejaré ver mi árbol de oro! ¡Es mío! La señorita Leocadia lo sabe, y no se atreve a darle la llave a Mateo Heredia, ni a nadie... ¡Mientras yo viva, nadie podrá entrar allí y ver mi árbol!

Lo dijo de tal forma que no pude evitar preguntarle: - ¿Y cómo lo ves... ?

- Ah, no es fácil - dijo, con aire misterioso. - Cualquiera no podría verlo. Yo sé la rendija exacta.-

- ¡Rendija... ?

- Sí, una rendija de la pared. Una que hay corriendo el cajón de la derecha: me agacho y me paso horas... ¡Cómo brilla el árbol! ¡Cómo brilla! Fíjate qué si algún pájaro se le pone encima también se vuelve de oro. Eso me digo yo: si me subiera a una rama,¿me volvería acaso de oro también?

No supe qué decirle, pero, desde aquel momento, mi deseo de ver el árbol creció de tal forma qué me desasosegaba. Todos los días, al acabar la clase de lectura, Ivo se acercaba al cajón de la maestra, sacaba la llave y se dirigía a la torrecita. Cuando volvía, le preguntaba: - ¿Lo has visto? - Sí - me contestaba. Y, a veces, explicaba alguna novedad:

- Le han salido unas flores raras. Mira: así de grandes, como mi mano lo menos,y con los pétalos alargados Me parece que esa flor es parecida al arzadú.

- ¡La flor del frío! -decía yo, con asombro. ¡Pero el arzadú es encarnado!

- Muy bien - asentía él, con gesto de paciencia. Pero en mi árbol es oro puro.

Además, el arzadú crece al borde de los caminos... y no es un árbol.

No se podía discutir con él. Siempre tenía razón, o por lo menos lo parecía.

Ocurrió entonces algo qué secretamente yo deseaba; me avergonzaba sentirlo, pero asi era: Ivo enfermó, y la señorita Leocadia encargó a otro la llave de la torrecita. Primeramente, la disfruto Mateo Heredia. Yo espié su regreso, el primer día, y le dije: - ¿Has visto un árbol de oro?

- ¿Qué andas graznando? - me contestó de malos modos, porqué no era simpático, y menos conmigo. Quise darselo a entender, pero no me hizo caso. Unos días después, me dijo: - Si me das algo a cambio, te dejo un ratito la llave y vas durante el recreo. Nadie te verá...

Vacié mi hucha, y, por fin, conseguí la codiciada llave. Mis manos temblaban de emoción cuando entré en el cuartito de la torre. Allí estaba el cajón. Lo aparté y vi brillar la rendija en la oscuridad. Me agaché y miré.

Cuando la luz dejó de cegarme, mi ojo derecho sólo descubrió una cosa: la seca tierra de la llanura alargándose hacia el cielo. Nada más. Lo mismo que se veía desde las ventanas altas. La tierra desnuda y yerma, y nada más que la tierra. Tuve una gran decepción y la seguridad de que me habían estafado. No sabía cómo ni de qué manera, pero me habían estafado.

Olvidé la llave y el árbol de oro. Antes de que llegaran las nieves regresé a la ciudad. Dos veranos más tarde volví a las montañas. Un día, pasando por el cementerio - era ya tarde y se anunciaba la noche en el cielo: el sol, como una bola roja, caía a lo lejos, hacia la carrera terrible y sosegada de la llanura, - vi algo extraño. De la tierra grasienta y pedregosa, entre las cruces caídas, nacía un árbol grande y hermoso, con las hojas anchas de oro: encendido y brillante todo el, cegador. Algo me vino a la memoria, como un sueño, y pensé: «Es un árbol de oro». Busqué al pie del árbol, y no tardé en dar con una crucecilla de hierro negro, mohosa por la lluvia. Mientras la enderezaba, leí: IVO MÁRQUEZ, DE DIEZ AÑOS DE EDAD.

Y no daba tristeza alguna, sino, tal vez, una extraña y muy grande alegría.



ANA MARÍA MATUTE.

domingo, 9 de abril de 2017

CARTA PARA RAQUEL




Raquel, no hay noche ni día en la que deje de pensarte. Es que estás allí, aquí, metida entre cada pensamiento, debajo de los muebles y entre el bullicio de la cocina. Cada cuadro de la última vez que nos vimos y no logramos decir nada porque nuestras miradas cargaban todo el dolor soportado durante esa última semana, ya no quedaba leña y empezaba a hacer frío, pero no dijimos nada porque nuestro orgullo es nuestro fogón interno, incendio inacabable. Recuerdo bien que la primera copa la serví con desdén, colmado de cansancio y hastío, pero en casa no había nada preparado, era tarde, tenía frío y no quería salir por más leña. Recuerdo tus manos al hablar, mudas, sin ese batir en el aire, sin esa manía de estar en constante movimiento como escribiendo en el aire. Eché la culpa a la bebida por su raro sabor pero sabía bien que la casa necesitaba leña, tenías frío también, ambos y así, frente a frente el día se acabó, la botella vacía, solo la noche y el frío de nuestras voces. La botella transparente y las copas sedientas, la mesa como cuadro como principal, nosotros participes del mutismo y la negrura absoluta que se avecinaba. Nuestras miradas dejaron de verse, oscuridad a todos lados hasta en los rincones que no lo necesitaban.

Quizá fue demasiado tarde, Raquel, recién entiendo tus silencios, comprendo el sonido de la silla y tus pasos con dirección a la habitación, recuerdo también el miedo que me iba invadiendo, iban a dar las once o quizá las doce de la noche y la habitación era la única cubierta de sonidos: cajones y tacones, portarretratos y la llave del auto. Sentado frente a la mesa con dos copas y una botella vacía, con las ganas de gritarlo de una vez, pero el miedo siempre puede más porque enmudece y se agiganta aquí en la garganta de quien la siente. Raquel, Raquel si esa noche hubiéramos hablado o al menos nos hubiésemos preocupado por la mesa y por las copas vacías, la botella hubiera sido otra y la bebida nos hubiera salvado como tantas otras veces.
¿Cuántos posibles finales me he ido inventando en esta misma mesa? más ahora este hogar está con solo una copa vacía, la tuya. Aunque quizá sea la mía y la tuya esté nuevamente llena, no lo sé Raquel, tuve miedo esa noche. No podía decirte nada, esperaba beber más y dejar de tiritar por el frío pero la casa estaba a oscuras y sin leña para la chimenea.
No dijiste nada cuando llegaste a la puerta, jalando la maleta de ruedas que compramos en uno de esos viajes, lo digo por el sonido que dejaba tras tus pasos, plástico desgastado que llevamos a todos lados con nuestros mejores trajes. Pero te fuiste Raquel, con tus mejores prendas y fotos donde solo salías tú.

Raquel, ha pasado tiempo, mucho tiempo y aún recuerdo todo como la última vez. En casa nada ha cambiado de lugar, salvo algunas veces que ha llegado visita y traían leña y comida para varios días. A veces vuelven a preguntarme por qué no te dije nada, por qué dejé que te fueras así, hasta Martina, la vieja que venía a hacer la limpieza ha llorado cuando entro al cuarto y vio el desorden que dejaste, pero ya se ha ido acostumbrado a este silencio y a la actitud de este viejo. Raquel, aquella noche no logré ver tu cara por última vez, ni tampoco oí tu voz dando alguna despedida. Ay Raquel, si te hubiera dicho algo aquella vez, quizá me sentiría peor y estaría en esta misma mesa llorando por no poder ir por leña, no poder hacer nada, ni verte a los ojos, ni ver tu sonrisa, Raquel, querida, aquella noche empezaba mi ceguera y tenía miedo de tropezar si salía o empezar a hablar y llorar porque Raquel aquí todo está oscuro.

MELVIN JARA.

jueves, 6 de abril de 2017

PINK TOMATE - Rafael Chaparro Madiedo


Soy Pink Tomate, el gato de Amarilla. A veces no sé si soy tomate o gato. En todo caso a veces me parece que soy un gato que le gustan los tomates o más bien un tomate con cara de gato. O algo así. Me gusta el olor del vodka con las flores. Me gusta ese olor en las mañanas cuando Amarilla llega de una fiesta llena de olores y humos y me dice hola Pink y yo me digo, mierda esta Amarilla es cosas seria, nunca duerme, nunca come, nunca descansa, qué vaina, qué cosa tan seria. Claro que a veces me desespera cuando llega con la noche entre sus manos, con la desesperación en su boca y entonces se sienta en el sofá, me riega un poco de ceniza de cigarrillo en el pelo, qué cosa tan seria, y empieza a cantar alguna canción triste, algo así como I want a trip trip trip como para poder resistir la mañana o para terminar de joderla trip trip trip.
Mierda, los días con Amarilla son algo serio. Voy a intentar hacer un horario de esos días llenos de sol, esos días un poco rotos, raros, llenos de humo, un poco llenos de café negro. Voy a hablar en presente porque para nosotros los gatos no existe el pasado. O bueno sí existe, lo que pasa es que lo ignoramos. En cuanto al futuro nos parece que es pura y física mierda. Sólo existe el presente y punto. El presente es ya, es un techo, una calle, una lata de cerveza vacía, es la lluvia que cae en la noche, es un avión que pasa y hace vibrar las flores que Amarilla ha puesto en el florero, el presente es el cielo azul, es una gata a la que le digo eres cosa seria y ella me responde sí, soy cosa seria, mierda, el presente es un poco de whisky con flores, es esa canción con café negro, es ese ritmo con olor a tomates, ocho de la mañana, techos grises, teticas con pecas, nada que hacer I want a trip trip trip mierda que cosa tan seria.

6:00 a.m.
Llega Amarilla de una fiesta y me dice oye Pink cómo vas? Y yo le contesto bien, todo va bien. Salvo mi corazón, todo va bien. Amarilla tiene el pelo revuelto, me acaricia y yo le doy un arañazo en una nalga, como para no perder la costumbre. Amarilla se dirige a la cocina y se prepara un café, mira por la ventana, se acaricia el pelo y me dice que la vaina está jodida y yo pienso que en verdad todo está jodido. Los árboles están jodidos, las calles están jodidas, el cielo está jodido. Las palomas están jodidas. Mierda. Yo también estoy como jodido. Me dan ganas de ahogarme en salsa de tomate.

7:00 a.m.
Rojo o tal vez azul. No sé. El sofá donde está sentada tiene tal vez esos dos colores. Amarilla se fuma un cigarrillo. Se lo fuma sin afán. El humo azul de su cigarrillo me envuelve. Amarilla me lo echa directo a los bigotes. Amarilla se arregla las uñas y me corta uno de los bigotes. Puta mierda. Siempre hace lo mismo cuando está deprimida. Luego subimos a la azotea y Amarilla abre los brazos, respira y me dice que la mañana está perfecta para suicidarse.
Entonces me agarra y me lanza a la otra azotea que queda más abajo y yo doy vueltas y vueltas y por mis ojos pasan el cielo azul, los edificios, las nubes, el sol, las ventanas, los ruidos y finalmente caigo parado en la otra azotea en medio de un poco de ropa extendida y digo, mierda, esta Amarilla es cosa seria. Subo hasta donde está Amarilla y me acurruncho entre sus piernas y pienso, mierda qué rico. Me arrepiento de haber pensado en ahogarme en salsa de tomate. Comemos galletas de chocolate y miramos la ciudad. Amarilla se sienta y lee el periódico. Me muestra una noticia de un hombre que lo mataron por una orinada.

8:00 a.m.
Sube el viejo Job, el vecino de Amarilla, con un poco de café. Con Job viene Lerner su gato. Lerner es un poco tímido. Yo saludo a Lerner y le digo oye Lerner qué te pasa? Y entonces Lerner se esconde detrás de las piernas del viejo Job y me dice, no Pink no me pasa nada, fresco loco. El viejo Job se sienta al lado de Amarilla y respira hondo. Ya me lo conozco. Le gusta oler el champú que usa Amarilla. Fresa. A mí también. El viejo Job le echa un poco de brandy al café y deja la botella destapada. Meto mi lengua en la botella. Me gusta sentir ese mareo del brandy, ese mareo que quema por dentro a esta hora cuando todo parece normal, cuando todo el mundo se dirige al trabajo, cuando todo el mundo piensa cosas correctas. Me gusta ese mareo a esta hora cuando no es normal que uno esté un poco ebrio, un poco triste, un poco como vuelto mierda.

9:00 a.m.
Bajamos. Estoy mareado por el brandy. Ebrio. Estoy envenenado por la mañana, por el cielo. Mentira. Estoy envenenado por Amarilla en la mañana, por Amarilla en el cielo, por ese olor de Amarilla que se halla diseminado por todas partes. El día huele a Amarilla. Miro hacia el cielo y veo en las nubes la forma de sus nalgas, la palma de sus manos. Veo los árboles y el ruido de las hojas me dicen oye gato marica pon atención te habla Amarilla. Mierda, qué cosa tan seria trip trip trip.

10:00 a.m.
Amarilla se despide del viejo Job. El viejo suspira y le mira las nalgas. Lo comprendo. Antes de despedirse el viejo Job le dice que más tarde viene con una torta de naranja y Amarilla le dice está bien viejo, está bien. Amarilla cierra la puerta y se abre la camisa. Se fuma un cigarrillo. Abre la ventana. Se coge las tetas, observa sus pecas iluminadas por los rayos de sol, se mira las manos y finalmente se queda estática ante su reflejo en la ventana y trip trip trip. Es evidente:
Amarilla a empezado a tejer la red de su día allí frente a la ventana.
Está un poco desesperada trip trip trip. Suena el teléfono. Amarilla contesta. Se ríe y dice que en realidad no sabe si tiene ganas de una orgía o de un pan con mermelada trip trip trip.

11:00 a.m.
El sonido del agua me aturde. Afuera hace sol. Amarilla se baña. Yo estoy en el sofá. El sol entra por la ventana. El ruido del agua inunda el día, la mañana, el mundo, los árboles. En ese momento solamente existe ese ruido. El mundo se reduce al sonido del agua cayendo sobre el cuerpo de Amarilla, sobre sus tetas, sobre sus nalgas, sobre su cuello, sobre sus piernas. Eso es el mundo: agua, Amarilla, la canción que canta trip trip trip, el rayo de sol que cae sobre mi cuerpo.
Nada más. Amarilla sale del baño y me dice que salgamos a decirle adiós al cielo azul con las manos.

12:00 m.
Amarilla prepara algo para almorzar. Alguna receta con tomates. Fuma mientras pela los tomates. Dice que ayer fue a presentar una entrevista para un trabajo en una fábrica. Creo que una entrevista para un trabajo es algo así:
Nombre: Amarilla.
Estado Civil: soltera.
Religión: ninguna conocida; alguna vez intentó ser hare Krishna pero la cogieron comiendo una hamburguesa grasienta y la expulsaron. Pero se había leído parte del Libro de los Vedas. Después intentó ser vegetariana. Tampoco funcionó. Por último se metió a una liga que defendía las ballenas. Hasta donde sabía su madre la bautizó. También hizo la primera comunión en la Iglesia de Jesucristo Obrero.
Sexo: Perdió la virginidad en el asiento trasero de un viejo Ford, en una noche de verano.
Dirección: avenida Blanchot.
Enfermedades: las de la niñez y alguna que otra infección pasajera, sin importancia.
Experiencia laboral: mesera de bar, acomodadora en cine, alguna vez vendió lotería, traductora.
Estudios: empezó a estudiar de noche inglés y computación, pero la echaron a mitad de semestre porque un malparido profesor se lo pidió.
Idiomas: algo de inglés. Se sabía toda la canción Copacabana de Barry Manilow.
Comemos en silencio. Amarilla me dice que tiene ganas de hacer una siesta porque siempre que duerme a esa hora sueña con barquitos de papel en la mitad de un cielo azulito. Pienso en sus nalguitas rosaditas trip trip trip.

1:00 p.m.
Amarilla está dormida. De pronto suena el ding dong del timbre. Mierda, debe ser el viejo Job. Otra vez ding dong. Mierda, qué viejo tan insistente. Ding dong. El viejo Job se sienta junto a la puerta y empieza a comerse la torta de naranja. Le da un poco a Lerner, el gato tímido. Salgo por una ventana y me acerco lentamente. El viejo Job me ofrece un poco de torta, pero yo la rechazo. Mierda, qué cosa tan seria. Le digo a Lerner, que qué le pasa, que qué se cree, que mas bien nos vayamos a cazar raticas, como debe ser. Lerner ser avergüenza y me dice, claro Pink.

2:00 p.m.
Amarilla se despierta. Estoy junto a ella. Amarilla se dirige al comedor y se sirve un poco de whisky. Suena el teléfono y Amarilla contesta. Se ríe y dice que en verdad haga lo que se le dé la puta gana. Entonces me acaricia y me dice que me va a llevar al hipódromo para que conozca los caballos. La veo y pienso que en verdad haga lo que se le dé la puta gana conmigo trip trip trip.

3:00 p.m.
Salimos a un parque. La tarde está un poco triste. Un poco rota. Un poco difusa. El cielo está gris y hace un poco de frío. Amarilla me dice que tiene ganas de tomarse una fotografía en un día triste. Amarilla se sienta bajo un árbol y saca su botella de whisky y yo le lamo la palma lentamente, sin afán. Nuestro árbol es grande e inspira confianza. A los pocos minutos una sirena interrumpe la calma del parque. Mierda. Unos árboles más allá una mujer se trata de ahorcar. La policía llega a tiempo e impide que la mujer se ahorque. Claro, la policía siempre se tira todo. Esa mujer ahorcada hubiera completado lo que le faltaba a ese día para ser mas triste trip trip trip.

4:00 p.m.
Llega Sven, un individuo que huele a tigre fatigado. Le da un beso a Amarilla en la boca, en la mitad de los dientes y mierda, pienso que este par se quieren. Sven dice que el próximo sábado la va a llevar al hipódromo y va a apostar por Escarabajo, que Escarabajo lo va a sacar de la quiebra y le promete que se emborracharán con vodka en una tarde de sol y que irán a la playa y le comprará una pelota de colores y le dirá que la ama. Pura mierda.

5:00 p.m.
Estamos de nuevo en el apartamento de Amarilla. Sven le dice a Amarilla que los sábados son los días del amor y de los caballos y entonces se encierran y hacen el amor. Me dan ganas de ahogarme en salsa de tomate.

6:00 p.m.
Debajo de la puerta de la alcoba de Amarilla empieza a salir humo. A los pocos instantes salen Amarilla y Sven desnudos. Sven se dirige a la cocina y trae un balde con agua y lo echa sobre la cama que está en llamas. Amarilla le grita a Sven que se vaya que haga lo que se le dé la puta gana. Sven trata de abrazarla y le dice fresca muñeca no ha pasado nada. Amarilla se pone a llorar y dice que tiene ganas de vomitar. Sven le dice tranquila muñeca vomita. Mierda, mucho trip trip trip. Amarilla coge la ropa de Sven y la lanza por la ventana y después empieza a lanzarle vasos a Sven. Uno, dos, tres. Cuatro putos vasos. Qué cosa tan seria. Sven sale con una toalla enrollada y recoge su ropa desde allá abajo le grita a Amarilla que es una muñeca muy salvaje como a él le gustan trip trip trip.

7:00 p.m.
Salimos de nuevo a la calle. Amarilla lleva consigo su ropa y la va regando por el camino. Me siento como en esos cuentos de hagas donde la princesa perdida va dispersando cosas para recordar el camino a casa. Entramos a un bar y Amarilla pide una botella de vodka y le regala una camisa de flores al hombre del bar. Una canción triste suena en el fondo, Don’t leave me now. Amarilla enciente un cigarrillo, mira hacia el fondo del bar, se marea con las luces, mira a esos hombres de camisas de colores que entran con esas miradas que dicen hoy soy todo tuyo mamita y entonces Amarilla dice un momento muñecos hoy no quiero enredos Don’t leave me now trip trip trip. Amarilla se echa todo el contenido de la botella por todo el cuerpo. Después se acerca al hombre que atiende en el bar y le dice que cuando lo ve no sabe si darle un beso o cortarse las venas. El hombre le dice fresca muñeca todas las muñecas son iguales y le indica que el baño está al fondo a la derecha y que cerca del espejo hay una cuchilla. Fresco muñeco le responde Amarilla y entonces pide un cocktail llamado “lluvia ácida”.

8:00 p.m.
La noche está demente. Las luces de la ciudad son pequeños ojos rotos, locos, alucinados que nos vigilan. Me dan ganas de estar en la mitad de una autopista. En la esquina nos encontramos con Sven. Se abrazan y Amarilla le dice que le haga el amor hasta el amanecer, ni más faltaba preciosa, que le meta la lengua hasta el estómago, que le toque el culo una y otra vez porque está haciendo frío, que no deje de lamerla mientras suena Touch me, que le inyecte susurros entre sus dientes touch me, que le toque sus manos llenas de pequeñas líneas solitarias touch me, sus nalguitas rosaditas touch me, sus ojos llenos de pececitos nocturnos, sus palabras invadidas de cielitos rasgados touch me please hasta el amanecer, hasta cuando el sol raye el cielo con su luz, ni más faltaba muñeca trip trip trip.

9:00 p.m.

Muere el viejo Job. El apartamento está lleno de gente. Mierda. Amarilla entra y le da un beso en la frente al viejo. Amarilla pregunta por Lerner, el gato tímido de Job, pero nadie sabe dónde está. Amarilla y Sven van a comprar flores para Job. Al poco rato regresan. Subimos a la azotea. La noche. La lluvia. El calor. Amarilla esparce las flores sobre la noche oscura. Las flores caen y se infiltran en el olor de la oscuridad. Lentamente. Flores blancas sobre la espuma de la noche. La noche. Las flores caen en la calle. Una. Dos. Tres, Cien flores en la calle, en la humedad del reflejo del resplandor apagado del día. Flores en el núcleo de las babas de Amarilla. La lluvia. Empieza a llover y las gotas de lluvia mojan la noche, las manos, las flores de la calle. Amarilla dice que los sábados son los días de los gatos, de los caballos y de los muertos. Mierda, qué cosa tan seria. La ciudad entera está muerta trip trip trip. Flores. Flores, Lluvia.

viernes, 24 de marzo de 2017

OTRA HISTORIA POR ESCRIBIR


Después del último sorbo, las botellas yacían vacías, viró la cabeza buscando algo en la silenciosa habitación topándose de lleno con la soledad. Empezaba a ver con dificultad las fotografías sobre la pared, lentamente se volvían borrosas, sonriendo frente al espejo se dijo: -“Empiezo a sentirme ebrio”

Cogió los últimos cigarrillos que dormían en el fondo del armario, revisó la billetera, se puso la chaqueta. Entonces salió a caminar. Necesitaba un poco de brisa, un poco de urbanidad, avenidas, claxon y farolas lúgubres.

-De madrugada hace tanto frío.
 Mientras cogía las llaves y salía con las manos dentro de los bolsillos del pantalón. Al salir el viento golpeó de lleno su rostro arañando lentamente las mejillas, dejándolas completamente heladas. Dos pasos más adelante, el frío empezaba a treparle por los pies.

-¡Mierda! Sí que hace frío.

Dio unos pasos más antes de oír el rugido de un motor. Volteó rápidamente, las calles vacías cargaban en su aire un manto de humedad, las luces del auto empezaron a parpadear al verlo levantar la mano. Segundos después se encontraba sentado, disfrutando de la calefacción del vehículo, rumbo al centro de la ciudad.
Hace mucho frío a estas horas- dijo el chofer intentando iniciar una conversación.

-Sí, me di cuenta.

¿Dónde es la fiesta?- musitó nuevamente el conductor.

-No sé, quizá ver el paisaje de madrugada sea una- Luego de esto no volvió a decir nada.

Esos quince minutos de viaje, se iban deslizando lentamente por la serpenteante carretera, los ojos ávidos y borrosos se iban perdiendo fuera de aquella ventana, entre la oscuridad podía divisarse un puente tan cansado que si pudiese se suicidaría una y otra vez para poder evitar tanto frío sobre sus columnas; A lo lejos las montañas solo eran pequeños puntos escondidos entre la noche.

¡Llegamos!

Bajó del auto y pagó el monto acordado, cerró lentamente la puerta, se detuvo por unos minutos esperando que el auto se marchara.
Minutos después de estar luchando contra la avalancha de ideas que lo iban enloqueciendo, sacó un cigarrillo y lo encendió. Dejando escapar el humo por su nariz y suspirando dando varias pitadas, al ver acabado el cigarrillo  tiró la colilla al suelo y continúo su paso.
La plaza estaba desierta, las calles sonreían ambiguamente. De algunos locales salían jóvenes ebrios, en otras algunas trabajadoras sexuales interceptaban a transeúntes ansiosos por un poco de fricción, placer y fluidos que embriaguen sus cuerpos. Le llamó poderosamente la atención el centro de la plaza, una mujer con el rostro completamente por su cabellera, andaba lentamente, llevaba a su alrededor un aura de tristeza y porque no decir un aspecto de locura. Se fue acercando hasta estar frente a ella quien levantó la cabeza cuando sintió al tipo frente a ella. Entonces ambos lograron reconocerse.
Estaba completamente mojada, las ropas que llevaba estaban empapadas y del cabello le caían algunas gotas, hacía mucho frío, pero ella estaba aún de pie.

-Mercedes ¿Qué pasó?

Dijo temiendo lo peor, se la imaginó siendo ultrajada y ella en la desesperación y al verse sucia decidió quedarse parada en la ducha hasta quedar como estaba ahora y salió a perderse por un largo rato.

-Joaquín- guardo silencio por un largo momento y se echó a llorar.

Joaquín la abrazó, no supo si fue por caridad o por el pasado que los unía a ambos. Hace tiempo atrás ambos habían compartido una relación, que por cosas de la vida había acabado entre copas y una que otra mentira de ambas partes, como suelen acabar las relaciones en tiempos actuales.
La tomó de la mano y la llevó a un hotel cerca de la plazuela donde estaban, no dijo nada cuando el chico de recepción preguntó si había pasado algo a la joven que venía con la ropa empapada.

-Por cierto ¿podría darme una bata y llevar a secar la ropa de la señorita?

-Claro, por qué no señor.

Tomó la llave, la bata y se dirigieron a la habitación, el camino se hizo largo, cada puerta con el número incrustado en el pecho, pasillos muertos, historias desbordando sabanas, otras tendiendo sobre la cama nuevas historias más, quizá algunos saliendo de la ducha  para adentrarse a un sueño, algunos en plena lucha por placer, soledad de otros que buscan hallarse a sí mismos.
Llegaron al cuarto indicado, habitación 209. Al fondo del pasillo, alejados de la entrada.
Ya dentro, le entregó la bata, la vio ingresando al baño. Cerró la puerta, mientras se tumbaba en la cama y encendía un cigarrillo que sacó de la cajetilla que dormía en el bolsillo de su pantalón.
Ella salió cuando el cigarro iba por la mitad, apagó el cigarro y se vieron. Ya tenía el cabello seco y envuelto sobre la toalla, la bata dejaba ver sus piernas y una parte de sus pechos, pero ella aún tenía la mirada triste y frío en la piel. Mercedes giró nuevamente al baño y sacó su ropa aún mojada. Cogió el teléfono del velador y llamó a servicio a la habitación quien llegó apenas después de haber colgado. Mientras Joaquín veía como Mercedes entregaba la ropa y agradecía al joven que llegó todo ojeroso y cansado para luego desaparecer en el pasillo con las prendas dentro de una tina.
Cerró la puerta y vio el cuerpo del joven tumbado sobre la cama.

-Gracias Joaquín, no pensé encontrarte en este estado.

-¿Qué fue lo que pasó, por qué andas mojada a estas horas?

-¿Por qué andas tú en las calles a estas horas, sabes que es un peligro para quien no 
conoce la ciudad completamente?

-Eso no importa, sólo que te encontré. Pero no rehúyas a mis preguntas y dime.

-Joaquín, ¿aún te gusta mi cuerpo?  Dijo mientras dejaba caer la bata al piso, tenía dos senos pequeños, para que unas manos pequeñas o grandes la estrujaran hasta llevarla al frenesí, era delgada, su cintura delicada y su sexo muy poco poblado lo llevaron a épocas atrás cuando ella jugaba a ser mar y él a ser un buceador llegando a las profundidades más dormidas de un cuerpo en plena efervescencia.

-¿a quién no?

-¿Recuerdas la cicatriz que viste aquella noche?

-Sí.

-¿La quieres volver a ver?

-Hoy no.

Sin embargo su respuesta fue inútil pues ella estaba ya dándole la espalda. Los ojos de 
Joaquín fueron a parar en el trasero de la mujer que tenía en frente, comenzaba a acalorarse, después sus ojos subieron y se toparon nuevamente con aquella enorme cicatriz que iba de lado a lado, marcando toda la espalda.

-Sigue siendo una grotesca cicatriz.

-jajaja, ¿siempre con tus exageraciones?

-Dime ¿Por qué andas en medio de la noche completamente mojada?

-¡Dale con eso hombre! Si no respondo insistirás todo lo que queda de noche.

-Sí, lo sabes. Cúbrete estarás con mucho frío.

-Bueno, está bien.

Cogió la bata del piso y se la puso nuevamente. Él entristeció al ya no ver la desnudez de aquel cuerpo. Verás lo que sucede no es por nada malo, es más una niñería. Me peleé con mi actual enamorado y no sabía dónde huir, me sentía demasiado sola, demasiada vacía. Me hallo encerrada en una carrera que no es de mi agrado, en un trabajo donde dedico más de 10 horas diarias para acabar cansada y con poco tiempo para vivir, lo que me resta de vida lo distribuyo en dormir, ver la teve, salir con Alberto, así se llama mi actual enamorado, bueno no sé si aún seamos enamorados. La soledad es una puta que espera los momentos en los que no encontramos nada y entonces llega con los trajes más pequeños para seducirnos y dejarnos embrujados y pagamos con penas y tristeza. ¿No te ha pasado?

-Yo convivo con ella, no tengo ningún problema.

-Pero es que no sabes lo que es despertarse y ver diario una nueva marca de los años sobre tu piel y no ir aún a ninguna parte. He olvidado mis sueños por un sueldo que solo me ayuda a vivir. ¡Joaquín me estoy perdiendo!

-¿Bebes, fumas o consumes algo?

-No, sabes que no tengo esos vicios.

-He ahí el problema que no sabes lo que es estar derrotado y salir nuevamente con una resaca a la calle o estar dopado y andar soportando la vida sobre tu espalda, pero buscar la manera de dejar caer el peso para ser libre.

-No entiendo nada de lo que dices.

-Lo suponía.

-¿Bebemos?

-Hoy no, no quiero verte llorando ni maldiciendo al mundo.

-Bueno.

-¿Tienes el número de tu hermana?

-¿Para qué?

-La llamaré para que venga a recogerte.

-Entiendo, tienes que irte.

-Sí, estoy retrasado.

-¿No que solo saliste a caminar?

-Sí, pero tengo que perderme. Y ando retrasado.

- ¡Piérdete conmigo!

-Tú no sabes lo que es perderse, vives atada al miedo de encontrarte sola.

-Este es el número de mi hermana, pero descuida yo la llamaré. Joaquín, ehmm… gracias.

-No agradezcas no he hecho nada por ti.

-De todas maneras.

Él se levantó de la cama, se acercó a ella y la besó en la mejilla.

-No te vayas aún, acompáñame mientras llegan a recogerme.

-pero… bueno, está bien.

Se volvió a recostar en la cama, ella dejó caer su cabeza sobre su pecho. He iba contando como conoció a su actual enamorado y algunos periplos de su trabajo, hablaba mucho. Joaquín solo fingía escucharla mientras su mente divagaba aún por las calles desiertas, sabía que pronto llegaría el alba, que no podría salir a caminar entre la oscuridad, que personas, muchas personas comenzarían a llenar las veredas, sus voces irrumpirían la tranquilidad que solo da la madrugada. No podría escribir algo, se lamentaba, salía buscando silencio y se halló enfrascado en una conversación tan ahogada. No se dio cuenta en qué momento se quedó dormida. Tenía un bello rostro y aún podía verse sus dos pequeños pechos, los quiso acariciar por un momento pero corría el riesgo de despertarla y de volver a escucharla por otro largo rato más. Cogió el celular del velador y buscó el número de la hermana, lo halló y marcó.

-Aló, soy Joaquín. Tu hermana está en la habitación 209 del hotel Parnaso, Sí. Vale, no te demores. Saludos.

Colgó, cogió la almohada y la colocó donde estaba su pecho. Ella aún dormía. Se levantó y estuvo viéndola un tiempo. Cogió la colcha del armario y la cubrió.
Se dirigió a la puerta, la abrió con sumo cuidado. Justo entonces venía el chico de servicio a la habitación con la ropa ya seca de Mercedes. La recibió, volvió a la habitación dejando la ropa sobre la cama y salió cerrando cautelosamente la puerta.
Ya en la calle, el día estaba comenzando a dar señales de vida. Se cubrió la cara al sentir el sol chocando y quemando sus ojos aún soñolientos. Bajo la mirada y mientras andaba dijo en voz baja:

-Al menos es una historia que puedo escribir. 

POR: Melvin Jara.

miércoles, 1 de marzo de 2017

MALA SUERTE



Volteaba sin despedirse, enojada, con los ojos fijos en algún lado del inmenso cielo, quizá siguiendo alguna nubecilla que correr en dirección al viento. De las manos le chorreaba todo el deseo acumulado e iba arañando el poco aire a su alrededor, con bocanadas de aire caliente y con esa manía en sus dedos, interminable. 
Lo mucho que había hablado no había servido para nada, ahora con las tres líneas dibujadas como marca de agua sobre su frente o como ella decía: “Con una maldita cara de culo” y eso que me esmeré muchísimo en añadir las dos tabletitas con la letra OC incrustadas, en la sopa que acababa de comerse y aquellas de color naranja  con APO que puede leerse por una de las caras, disueltas en refresco de piña que bebió rápidamente. Habían pasado como veinte minutos de la hora recomendada en la nota que trajo el médico, y aunque acabó quitándome la nota para luego romperla como si no fuese nada importante para echar los pedazos al basurero, no importaba, pues memorice la hora; tres de la tarde. 
Esperaba impaciente a que volteé y sonría, pero se marchaba sin despedirse. Un poco asustado vi el reloj pulsera, ese cuya luna aún no logro reparar más por flojera que por algún otro motivo, verificando se le pase la sudoración de la mano, sentía que los ánimos se le iban goteando y dejaban un charco a su alrededor. Solo quince minutos para ver los efectos del medicamento, mientras recordaba lo que comenzó a contar mientras comía, decía que ya había probado echarse sal en el hombro izquierdo antes de salir,  pero no funcionaba. Que la mala suerte la seguía por todos lados, Sus pasos languidecían, se iba, mutismo como estela; quizá se perdía en todo, entre los pequeños árboles, entre las telarañas donde se veían tres o cuatro insectos capturados en las esquinas de la verja, es que nadie viene en estos tiempos a limpiar el jardín; se perdía acaso en este camino empedrado en las dunas a unos kilómetros de distancia que a eso de las cinco de la tarde empezaba a brillar con un dorado espectacular.  En cuantos lugares más se podría estar, estando en un mismo sitio.
 ¿Vacía? No creo eso, no puede ser. Solo decía las cosas que pasaban por su mente mientras comía, como lo hace la gente normal en estos días.
 Se iba, dando pasitos apresurados, dubitativos y entre cortados por rato, algo lerdos y firmes. Esperando que mi voz la traspase y la detenga, nos sentemos a golpear las ramas, a jugar al aire libre, a olvidarnos de la soledad, hurgar entre sus ojos los recuerdos más alegres y abrazarla sin decir palabra alguna.
Pero no dije nada, faltaba poco para el cambio de turno y quería evitar todo tipo distracción.
Se iba y yo era feliz de verla ir, sabiéndome ya libre y alegre con algunas pastillas en los bolsillos, ellos no se darían ni cuenta. Ahora la veía dando saltitos cada tanto, como si ante sus ojos las palabras destruyeran todas las paredes, como si la conversación del almuerzo no solo hayan sido minutos tirados al piso, si no que ahora eran parte de los caminos que nos llevan  más allá de los árboles, en los ladridos y ladrillos, en las hojas y en el aroma de ajo que dormitaba en la cocina que ella describía con tanta fascinación, la misma con la que ahora miraba el campo y los cuerpos en las banquetas, sobre el pasto o en los que se escondían en el lavado y hasta quizá en los tejados, húmedos y naranja.
Se iba así, sin acabar de contarme, nuevamente la historia con la que siempre empezaba, la cocina y sus interminables horas preparando todo antes de que lleguen a casa, se iba dejando como última frase que la mala suerte la seguía para todos lados.

Cuando el reloj mostraba que ya pasaron los minutos debidos, ella se detenía por breves instantes, era como si tratase de agarrarse al último segundo y girar a despedirse, antes de que cierre la puerta y me ponga a recoger todo de la mesa, preparare todo para el siguiente turno, salir rápidamente con la mercancía escondida o en el peor de los casos una reanimación que duraría a lo mucho quince minutos más, menos mal no me acompañó su mala suerte
.

-Melvin Jara

sábado, 11 de febrero de 2017

ENVIDIA - ANA MARÍA MATUTE

Martina, la criada, era una muchacha alta y robusta, con una gruesa trenza, negra y luciente, arrollada en la nuca. Martina tenía modales bruscos y la voz áspera. También tenía fama de mal genio, y en la cocina del abuelo todos sabían que no se le podían gastar bromas ni burlas. Su mano era ligera y contundente a un tiempo, y más de una nariz había sangrado por su culpa.

Yo la recuerdo cargando grandes baldes de ropa, sobre sus ancas de yegua, y dirigiéndose al río descalza, con las desnudas piernas, gruesas y morena, brillando al sol. Martina tenía la fuerza de dos hombres, según decía Marta, la cocinera y el genio de cuarto de sargentos. Por ello, rara era la vez que las demás criadas o algunos de los aparceros mantenían conversación con ella.

-Por tu genio no tienes amigas ni novio- le decía Marta, que en razón a su edad era la única a quien toleraba confianzas- Deberías ser más dulce y amigable.
-ni falta que me hace- contestaba Martina. Y mordisqueando un pedazo de pan se iba hacia el río, alta y forzuda, garbosa a pesar de su figura maciza. Realmente, hacía pensar que se bastaba a sí misma y que nada ni de nada necesitaba.

Yo estaba de que Martina estaba hecha de hierro y de que ninguna debilidad cabía en su corazón. Como yo lo creían todos, hasta aquel día en que, después de la cena , siendo ya vísperas de la Navidad, se les ocurrió en la cocina hablar del sentimiento de la envidia.

-Mala cosa es- dijo Marta, al fin de todos- Mala cosa es la envidia, pero bien triste,y cierto también que todos nosotros hemos sentido su punzada alguna vez.

Todos callaron, como asintiendo, y quedaron pensativos. Yo, como de costumbre, asistía de escondidas a las reuniones. 

-Así es- dijo Marino, el mozo- todos hemos sentido la mala mordedura, ¿a qué negarlo? ¿alguno aquí que no la sintiera alguna vez en la vida?  !Ah, vamos, supongo yo! Menos Martina, que nunca necesita de nadie y de nada...

Todos miraron a Martina esperando su bufido o su cachete. Sin embargo, Martina se había quedado pensativa, mirando al fuego, y levantó levemente los hombros cruzó las manos sobre las rodillas. Ante su silencio, Martino se envalentonó:
-¡Y cómo es eso, chica? ¿Tuviste tú envidia de algo alguna vez?
Todos la miraban con curiosidad divertida. Sin embargo, cosa extraña, Martina no parecía darse cuenta de la pequeña burla que empezaba a flotar a su alrededor. Sin dejar de mirar a la lumbre, dijo lentamente:
-¿Y por qué negarlo? Vienen agora fechas santas y no quiero mancharme con mentiras: Sentí la mordedura, es verdad. Una sola vez, es cierto, pero la sentí.
Marta se hecho a reír.

¿Puede saberse de qué tuviste envidia, Martina?
Martina la miró, y yo vi entonces en sus ojos una dulzura grande y extraña, que no le conocía.
-Puede saberse- contestó-, porque ya pasó. Hace mucho tiempo, ¡era yo una zagala!
Se pasó la mano por los labios, de revés. Pareció que iba a sonreír, pero su boca seguía cerrada y seria. Todos la escuchaban sorprendidos, y al fin dijo:
-Tuve envidia de una muñeca.
Marino soltó una risotada, y ella se volvió a mirarle con desprecio.
-Puede rebuznar el asno- dijo agriamente-, que nunca conocerá la miel. 
Mientras Martino se ruborizaba , Marta siguió:
-Cuéntanos, muchacha, y  hagas caso.
Martina dijo entonces, precipitadamente:
-Nunca hablé de esto, pero todos sabéis que cuando padre se casó con Filomena yo no lo pasé bien.
Marta asintió con la cabeza.
-Fue verdadera madrastra, eso sí, muchacha. Pero tú siempre te supiste valer por ti misma...
- Sí, eso es: Valerme por mí misma... eso es cierto. Pero también he sido niña. ¡Sí, a qué negarlo, cuernos, niña y bien niña! ¿Acaso no tiene un corazón? ... Después que padre se casé con Filomena, vinieron los zagales Mauricio y Rafaelín... ¡Todo era poco para ellos, en aquella casa...! Y bien, yo, en cambio, la grandulona, al trabajo, a la tierra. No es que me queje, vamos: Sabido es que a esta tierra se viene por lo general, a trabajar. ¡Pero tenía siete años! ¡Sólo siete años...!
Al oír esto todos callaron. Y yo sentí un dolor pequeño dentro, por la voz con que lo dijo: Continuó:
-Pies ésta es la cosa. Un día llegaron los del Teatrín... ¿Recuerda usted, señora Marta, aquellos cómicos del Teatrín? ¡Madre, qué majos eran...! traían un teatrillo de marionetas, que le decían. ;e acuerdo que me escapé a verle. Tenía ahorrados dos realines, escondidos en un agujero de la escalera, y acudí... Sí, me gustó mucho, mucho. Ponían una función muy bonita, y pasaban cosas que yo no entendí muy bien. Pero si que me acuerdo de una muñeca preciosa- La principal era- Lo más precioso que vi: Pelo rubio hasta aquí, y unos trajes...
¡Ay, qué trajes sacaba la muñeca aquella! ¡Mira que en cada escena uno diferente...! y abanicos, y pulseras... ¡Cómo un sueño era la muñeca! Estuve como embobada mirándola...
Bien, tanto es así, que, en acabando, me metí para adentro a fisgar. Vi que la mujer del cómico guardaba los muñecos en un baulito. Y a la muñeca, que se llamaba Floriana, la ponía en otra aparte. Conque fui y le dije: "Señora, ¿Me deja usté mirarla?"
Ella a lo primero, pareció que me iba a echar, pero , pero luego se fijó más en mí, y me digo yo ahora si le daría lástima de verme descalza y rota como iba, y flacucha que me criaba
, y dijo: "Pagaste tu entrada, chiquita?" "La pagué, sí, señora" Ella me miró más, de arriba a abajo, y por fin se rió así, para entre ella, y dijo: "Bueno, puedes mirarla si eso gusta".
¡Vaya si me gustba! Biszca me quedé: Tenía la Floriana una maleta para ella sola y, ¡Virgen, qué de trajes, qué de pulseras, coronas y abanicos! Uno a uno me los iba ella enseñando, y me decía: "Este para esto, éste para lo otro..." ¡Ay, Dios, un sueño parecía! Viéndola, a mi me arañaban por dentro, me arañaban gatos o demonios de envidia, y pena y tristura me daba, he de confesarlo. ¡Y cómo vivía aquella muñeca, cuelo santo! ¡cómo vivía! en que llegué a casa, la Filomena me esperaba con la zapatilla y me dio buena tunda por la escapada... Sorbiendo el moquillo me subí al escaño ande  dormía, en el jergón de paja... Y me acordaba del fondo del baúl de sedas mullidas, donde dormía la Floriana... Y mirando mis harapos me venían a las mientes sus sedas y sus brazaletes. A la mañana, arreando, salí con el primer sol y me fui para el carro de los cómicos, descalza y medio desnuda como estaba, y me puse a llamar a voces a la señora. Y en que salió, despeinada y con sueño, le pedí que me llevaran con ellos: Por Dios y por todo, si me querían llevar con ellos, que, bien lavada y peinada, podía serles como de muñeca,

Marta sonrió y le puso la mano en el hombro.
-Vaya, muchacha- le dijo-. No te venga la tristeza pasada. Bien que te defendiste luego... ¡Poca envidia es esa tuya!
Marina levantó la cabeza, con un gesto como de espantar una mosca importuna.
-¡Y quién dice otra cosa! Nadie tiene que andarme a mí con compasiones. ¡Fresca estaría...! ¡Cuántas querrían estar en mi lugar! ¡Pues sí que...! De pecados de envidia estábamos hablando, no de tristeza.


ANA MARÍA MATUTE.-
Matute escribió su primera novela en el verano de 1936, en Barcelona, y la tituló "Juanito". A los diecisiete años fue autora de "Pequeño teatro", que se publicaría once años después y con la que obtuvo el Premio Planeta en 1954, aunque antes editó "Los Abel", finalista del Nadal en 1947. En 1952 ganó el Premio Café Gijón por "Fiesta al noroeste". Escribió en una manera muy sencilla y clara, con muchos detalles y un ritmo casi poético. Considerada como una de las más grandes figuras de la literatura española de postguerra, su estilo narrativo es delicado, poderoso, y muy franco. Dotada de un gran poder de fabulación, Autora de libros como "Primera Memoria" (Premio Nadal, 1959), "Los soldados lloran de noche", "El tiempo", "La trampa" y "Rey Gudú", un cuento de hadas que, según dice, refleja la vida misma.

viernes, 3 de febrero de 2017

CIUDAD DE LOS SALVOS


Se veía cansada, sus alas empezaban a dolerle con mayor intensidad, por el largo viaje, pero nada lo haría detenerse. Cada forzado aletazo, un salto al recuerdo donde hombres vestidos con jeans azules, camisa con cuadros multicolores y boinas sombrías, sumergidos en alcohol, pólvora y sonidos ensordecedores dentro de sus cabezas, corriendo tras ellos como animales en celo sobre aquel paraje, su ex hogar.

Cerró los ojos por un instante tratando de huir de ese bombardeo de imágenes que lo hacían ir más lento, cada vez más lento.  Pero nuevamente vio caer a cada uno de sus parientes y a sus pocos amigos, cortando el viento en una espectacular caída libre, dando volteretas, perdiendo el control de las frágiles alas, caída inevitable, estrepitosa; su padre, un instante en el que los años no lo dejaron agitar con fuerza, alas rémiges separándose de su cuerpo, rectrices, tectrices, la tapa de la cabeza destrozada, materia gris saltando por el cielo en una lenta carrera hacía el pasto del campo violado por risotadas cada vez más fuerte, un cuerpo rígido seguido de otro y otros más, ahora siendo llevados por perros, el recuerdo del crujir de cráneos dentro  del hocico de los sabuesos babeantes.
 Miles de compañeros más muriendo atravesadas por balas y balines de plomo. Sangre salpicando y manchando nubes aquella horrible mañana, rojo amanecer.

Al abrir los ojos se topó con una enorme pila de edificios. Sonidos continuos de cláxones de miles de autos, personas corriendo por estrechos pasajes esquivando las cajas de metal que corrían entre las angostas calles, olor a orina, sudor, cansancio, rabia, poluciones, gozo y dolor. Pensó que allí podía vivir tranquilamente, al menos sin balas que la persigan y atemoricen, entre cables, tráfico, esmog se podría vivir tranquilamente, los hedores no son malos después de todo, allí arriba estaría libre de los peligros, se repetía mientras se colocaba sobre un cable eléctrico.
Al pasar una semana su cuerpo rígido descansaba en una callejuela desolada, unos perros callejeros jugueteaban y trataban de comer de ella. Uno de ellos  arrancó la cabeza con todo y cuello, mientras masticaba frenéticamente como si murmurara entre dientes para  sus compañeros que también hurgaban cerca:
- Murió atorada por un chicle, se nota que no era de estos lares, para luego escupir una pequeña masa rosada.

 Y de inmediato trago todo lo que llevaba en la boca. Lo último que se escuchó fueron los pasos alejándose y el cuadro final un montón de plumas regadas, manchadas de sangre como en sus recuerdos, aletazos a la muerte.



 -Melvin Jara