sábado, 26 de mayo de 2018

PIZARRA BLANCA.


En la necesidad por transcribir, volví a copiar como tantas otras veces. Buscando únicamente salvarme de la pantalla en colapso. Saberme aún con despertar en pijama y sonreír frente al espejo. Transcribiendo todo y de todos, para nadie. Transcribir para dejar sentadas todas las palabras que salen disparadas en esa gigante pantalla que es mi mente. Por esto la necesidad de soltar aquí, línea tras línea y mientras copio líneas empiezo a leer y olvidar al mismo tiempo.

James y la manía insana de caminar siempre puesto, con los dedos y el constante ir y venir hacía su nariz. Snif, snif, sniiiiif. En él y su pequeño hijo quien con suerte no llegue a copiar esas manías tan peculiares del progenitor. En su paranoia injustificada, sus días de encierro, las paredes y un triste techo desnudo. huyó un día y ni volvió a llamar. Se alucinaba el nuevo salvador y constantemente repetíamos la siguiente conversación:

* Viste los milagros que han ido pasando? Los viste en youtube?

-Cuáles milagros son esos?

* Hereje de mierda.  –Y muchas otras veces algunas variantes como-  seguramente buscan también asesinarme –e incluso- Eres acaso la reencarnación de Iscariote.

James corriendo, gritando que volvían a conspirar en su contra, pensando que buscaban deshacerse del nuevo mesías. Por eso el ouruboros en su brazo. Corría y corría, James corría y siempre iba tratando con vehemencia sonarse el bulto imaginario atascado en su nariz. Sniiiiiiiiif, niiiiiif.
Y logré pasarme unas líneas, librando así la congestión de palabras que vengo sufriendo, una tras otra.

Diana y la angustia de la búsqueda eterna que le dejó un mal sueño donde guardaba celosamente el recuerdo del aroma perfecto, de ese que aquella madrugada logro robarle una lágrima de felicidad al despertar. Diana y la confusión de sus dieciocho años y el mal docente quien le dijo que había una manera para poder tener el olfato más fino que incluso los perros en una de esas conversaciones que se dan en el patio de un colegio de pago. Diana y sus pequeños apuntes en el cuaderno rosa que sacó a escondidas de una tienda comercial, dibujando delicadamente, copiando una y otra vez las mismas palabras:

Buscar sudar                                                                     Después tan solo aspirar.


Buscar sudar                                                                     Después tan solo aspirar.

Buscar sudar                                                                     Después tan solo aspirar.

Buscar sudar                                                                     Después tan solo aspirar.

Buscar sudar                                                                     Después tan solo aspirar.

Buscar sudar                                                                     Después tan solo aspirar.

Buscar sudar                                                                     Después tan solo aspirar.

Buscar sudar                                                                     Después tan solo aspirar.

Buscar sudar                                                                     Después tan solo aspirar.

Por eso visitaba los huertos, las playas y las montañas. Iba corriendo para poder llegar sudada y aprovechar, empezar por aspirar profundamente. Hasta que un día un tipo la comenzó a seguir, ella huyó triste pues sentía la seguridad que aquel día podría encontrar ese aroma por el cual se desvivía. Así fue que invitó a un primo lejano suyo, es decir un primo "político". resumiendo falso, para que la acompañase en sus caminatas hasta lograrlo encontrarlo. Buscaron maneras de sudar, encontraron más de una y esto facilito enormemente la tarea. Aunque aún no habían logrado encontrar dicho aroma, ya habían sudado tanto que sus padres comenzaron a preocuparse y decidieron llamarme:

-  Por favor, habla con ella. Sé que puedes ayudarla. -y sus ojitos grandes morían en medio de la súplica.

Accedí como de costumbre, toque tres veces la puerta que a duras penas llegaba a rosa, pero Diana no mostraba señales de vida. Toque aún vez más, preparado para irme, cuando salió a regañadientes. Al verla tan flaca y buscando respirar hondamente, como quien trata de capturar la infinidad de aromas que habitaban con nosotros en aquel momento. Diana y el nerviosismo que infundía sobre los demás. Diana y la pregunta que brotó de mis labios, lacerando todas las cicatrices escondidas en su pecho.

"No te has puesto a pensar que quizá el aroma ese anda enredado en algún vientecillo mientras te dedicas a sudar?"

Y esa fue la última vez que la vi, porque también corrió, enojada. Deteniéndose para estirar su brazo e intentó peinarme como era su costumbre. Desistió, corrió unos metros y acabó lléndose a pasos largos y arrastrados, sacando el celular de la cartera, buscando el número del primo para volver en su titánica búsqueda. Sudando, sudando, buscando, dudando. En una habitación con ventanas rotas y ventiladores por todos lados… Diana y su peculiar nariz.

Pizarra en blanco, otra vez un breve instante de albura. Me duelen los dedos, ha de ser la edad y este constante transcribir con la pizarra blanca que pronto deja de estarlo.

Joseline, Joseline…
Escaleras, lluvia, un perro. Joseline y las tardes tomando helado, perdón, una leche asada mientras su suave voz:
           
 < Imaginemos como es la vida de cada ser en este local. -mientras con la mirada 

Joseline y el deseo por comenzar el juego y elergirse a ella misma para disparar palabras que hilvanaban historias. Viviendo en todas las casas y caminando en todas las calles, jugando en todas las playas y en todas las maquinitas. Historias en las que faltaba al colegio para ir a correr compitiendo con el río. Amaba el helado, pero hablaba tanto que las bolas de helados se descongelaban y se volvían un charco marrón.

Joseline dijo una vez que tenía un libro que compró en uno de sus viajes, un libro que al ver supo que me causaría felicidad absoluta. llegó a casa con el libro bajo sus brazos, también termino desapareciendo entre los días y las cortinas de una casa de cinco pisos, molesta por no acércame a su boca cuando la noche se reflejaba en sus labios y yo miraba y preguntaba:

"¿Cómo es posible que pueda brillarle a una los labios" 

Joseline y el bofetón que me dió cuando empezó a llover, se mojaba el traje y quizá podrían despertar su madre y le recordaría que por encima estaba el amor filial. Joseline y la despedida triste en el hospital esperando el alta del hermano que poseía una enfermedad desconocida. Joseline y las ideas que su madre le metió después de visitar todos los hospitales:

-Hija, es probable que a tu hermano le hayan hecho maldad

A lo que ella respondía a regañadientes que lo que decía estaba demasiado jalado de los pelos puesto que vivían en pleno siglo XXII. Pero todo cambio cuando su madre dijo una tarde de frío julio:

-El brujo me dijo que el daño era para tu padre pero que se hizo la limpia y todo el daño le cayó a Jhonatan.

Joseline, quien no había conocido nunca a su padre, se vió envuelta de tantos sentimientos que fueron desvaneciendóse de todas las calles a las cuales la acompañé en cada una de sus posibles vidas de cada tarde mientras nos sentamos a comer primero un helado, para volverse una leche asada. Joseline y la tristeza que dejó en mis oídos cuando entonaba tan suavemente, que incluso lograba enternecer el más gélido corazón, y busco una leche asada mientras su vocecita va contruyendo lentamente aquella canción

    < Aiso tsuki taiyou na oto de sabireta furui mado wa koware ta…

Afuera la ciudad lleva en el pecho algunas horas y uno que otro minuto. Todo afuera, siguiendo la línea que intersecta con las demás líneas. Afuera todos detrás de la línea, sobre la línea, esperando desaparecer la línea.
Todo lo que vuelve a ser vacío se va cubriendo de otros nombres que no necesariamente son falsos, nombres que también guardan algo de verdad. Más líneas que cubren la calma y me vuelcan otra vez.

Korina, el transitar de siempre. Korina y las preguntas sueltas que miles de veces quedan en el aire, esperando quién sabe que  como respuesta. Korina y su voz quebrada para no responderse a sí misma, para no escucharse. Korina y una pequeña plazuela, el reloj Avon marcando las 14:45. Cuerpo cansado, vientre árido, tostado por un sol que aún no se apaga, desgastado por las tormentas de arena, en la que muchos poetas dicen encontrar la belleza absoluta de la vida. Korina y el amor que perdió en el mar, siempre en el mar. Ella y sus pequeños desastres que la apartaban brevemente del sucedáneo. Su fascinación por fotografiar sombras y asirlas al tiempo. Su delgado cuerpo de cabellera lisa, los años escondidos en alguna gaveta, en algún colegio, una pequeña aula de clases. Con el reloj marcándole 14:46 y aún ella, sonriente. Con su carterita y su voz algo ronca, arremetiendo en contra los gobernantes del país:

~  Ya van cinco ex mandatarios en prisión -tapando su boca para ocultar su pequeña sonrisa-  parecen todos tristes tigres que perdieron el trigal.

Korina y las noticias a medio día. Su viva voz sacudiéndose estrepitosamente, mientras el conductor hace comentarios sarcásticos sobre los hermano Kukkinoyi olvidando como siempre al pueblo, desde su voz emergente, con sus muslos sosteniendo los verbos para correrse en ellos. Korina y las arrugas que aparecen en sus recuerdos, su necesidad de ser sentirse de otro, por eso volvía tantas veces, por hallar en el niño la mirada egoísta. Pero de pronto Korina y el enorme problema, que acabo siendo la respuesta a todos sus años en vela. Korina y el adiós que dejo atorado en una conversación, sus pasos sobre las arenas, el cuerpo y los años y la arena y el tiempo. Korina y el miedo por escucharse, por responderse.


Transcribir, solo queda transcribir. De todo, de todos. Para saberse liviano, para no cargar a todos lados tantas palabras sobre la pizarra blanca. Seguir línea a línea, palabra a palabra. Se me hizo tarde, otra vez, y los años también ensanchan los huesos, hace frío, olvido que se acumula de palabras. 

Transcribo, para evitar el colapso, el tráfico que hasta ahora he intentado evadir. Estoy cansado, como tantos otros que no lo dicen, que no les importaolvidaré, transcribo, transcribo, vivo, porque aprendimos desde niños a ir detrás de la línea, blanca, tan blanca.



-MELVIN JARA-

lunes, 2 de abril de 2018

GAME’S BOY


.Tamare, chibolo. A qué hora dejarás de jugar en esa asquerosa máquina. Llevamos tres horas. Después tu mamá se queja y dice a la gente que yo no pago cuando te gastas todo en ese viejo juego.
-Espera tío, solo una última partida. Es que está difícil. Esto de jugar a Nac.er es cada vez más difícil
.Mocoso, entiende. Es tan sólo un juego. En vez de estar malgastando, deberías darle algo a tu madre. ¿No sabes que ya he perdido proveedores por culpa de ella?
-Lo sé, lo sé. Es que siempre tengo la corazonada que esta vez sí lo lograré. En esta pude llegar a buen nivel. Estuve casi a punto de llegar a ser parte de los principales clanes. Tenía muy buen puntaje y esto lo tenía en dinero. El juego es un poco antiguo y los pagos se hacen con monedas, unas cositas circulares  y pedazos de papel que servían para comprar cosas para el ítem y también algunos placeres audiovisuales.
.He jugado un montón de veces, es una huevada. Cuando juego en modo bigbang acabo casi obedeciendo las instrucciones, parece que fuera un modo automático para mí. He jugado si, varias veces en modos como ILUMINADO pero no he logrado pasar de los 26 minutos y en modos como DESQUICIA mis avatares han sido jóvenes y empiezo a asesinar a todos, ¿sabías que te dan puntos extras por asesinar? Ya luego me fue estresando estar más 25 minutos, a lo mucho llegaba a 27 en esa mierda.
-Es que no entiendes el juego, al menos creo que ahora lo hago y si llego a 15000000000 puntos podría cambiarlos por unos zapatos nuevos, ¿me vería bien no crees?
.Ya mierda, apura, tengo sueño.
-Esperas, vuelvo en un toque.
Y sin decir más, se puso los lentes y los audífonos. Otra vez el sonido de los truenos, la lluvia. Tomo asiento, las paredes de vidrio volvieron a aparecer, encerrando al despeinado Andrew. El pequeño cubo se iba llenando de humo. A continuación gritos, voces dando indicaciones: Cuente hasta tres. Uno, dos, tres. Señora puje, puje. Ya casi viene. ¡Puje!
Claro que Andrew no escucha, empieza el juego y el nacimiento del ítem seleccionado sucede. Esto le suma muchos puntos ya que si logra diferenciar el juego de la realidad en los primeros minutos podría uno obtener incluso uno que supere al de Kunter Jaruko. Dentro todo es tan real, podría decir que son los lentes y los audífonos los que las vuelven tan reales. A Fritz no le gusta el sonido de la lluvia y de los truenos porque le recuerda la venida de huaycos y se caga de miedo y cuando empieza el juego se confunde y empieza a distorsionarlo todo porque el miedo hace que uno pierda la confianza. Entonces juega casi a modo automático.
Observa en las pantallas como la vida del ítem de Andrew va obteniendo puntos a temprana edad. Vuelve a subir sus puntos en razonamiento e imaginación. Los libros que escribe le suman puntos extras y logra completar algunas misiones ocultas. Llega a 13000000000 puntos. Parece que lo logrará, se dice para sus adentros Fritz mientras se echa al suelo. Lleva ya media hora en la máquina. De pronto en las pantallas los puntajes empiezan a detenerse. En las pantallas ahora solo se observa imágenes de una mujer con cabellos negros, lunares en el rostro, cerca del labio, estrellas en un cielo viviente. Bonita silueta con hitos bien marcados, cicatrices  en forma de montañas. Los puntos se detienen y lleva ya 35 minutos. Si las cosas siguen así no podrá conseguir las tabas, Fritz quiere pasarle la voz, pero es por las huevas pues no lo escuchará y el cubo sigue cubierto de humo, a Fritz lo deja entumecido, casi dormido. Quizá por eso tiene miedo.
Cuando los puntos se quedan estáticos es porque empieza uno a confundir la realidad con el juego, por eso se detienen. Seguro el hipotálamo estaba poniéndolo en graves aprietos. En la pantalla de pronto no sólo aparecía aquella mujer, si no que ahora la acompañaba un niño. Los puntos de Andrew comenzaron a descender. Ahora ya no era 13000000000, estaba en 9000000000. Las cosas empezaban a salirse de control. No pudo pasar de 10000000000. Pasaron 50 minutos y ahora en la pantalla apareció una jovencita de amplia sonrisa, piernas largas, ojos saltones acompañada de una niña muy parecida al padre. Los puntos cayeron a pique. Tan solo con 3000000000.
Fritz se levantó. En la parte baja del cubo un reloj indicaba que habían ya transcurrido 53 minutos. Probablemente le quedaran unos 20 minutos a lo mucho.
.Bah, solo ha vuelto a perder el tiempo.
Se levantó, se limpió el short, la camiseta y recostó su cuerpo en un poste de alumbrado público. Los puntos ahora no pasaban de 5000000000.
Las cosas no llegaron a cambiar mucho, se veía esfuerzo por no llegar a cero, con los números subiendo y bajando y bajando, subiendo y la interminable caída. Además a partir de los 50 minutos uno ya se encuentra comprendiendo el juego y puede dedicarse a sumar puntos por cualquier medio. Ve la pantalla, los puntos suben y logra pasar los 6000000000. Al parecer solo se anda llenando de cobits, o monedas, o dinero. Como lo quieran llamar.
La pantalla vuelve a mostrar imágenes de una nueva mujer, esta vez una de edad, tiene las manos llena de arrugas y usa un bastoncito para poder movilizarse. A decir verdad es casi a la edad del ítem de Andrew. Gasta sus últimos 6000000000 puntos y en la pantalla ella y su cano pelo aparecen en lo que parece ser una casita de campo rodeada de montañas y días de lluvia. Logra mantenerse en 1000000000 durante unos doce minutos, las pantallas se apagan luego de ver a las tres mujeres rodeándolo y lo que pareciese un interminable silencio para regresar a su transparencia donde se logra ver tan solo pequeños rastros de la humareda. Los vidrios vuelven a desaparecer. Los lentes se apagan, el audífono ya no reproduce sonido alguno.
Andrew despierta, se despoja rápidamente de todo y sale tan rápido que incluso no espera el ticket amarillo con la cifra 1000000000.
.Qué pasó, chibolo. No que esta vez sí lo lograrías. Pura boquilla nada más eres.
-Cállate. Sé que lo lograré. Pero será en otro momento. Me he quedado con la cuenta vacía.
.Te dije, mejor no hubieras jugado esa mierda y tendríamos para irnos a comer algo, eres un huevón chibolo. ¡Un huevón-azo!, ya te dije que esos juegos son para la gente más pendeja, que ya comprende de esas cosas. Aunque casisito lo logras.
-Sí, lo sé. ¿Puedo ayudarte esta semana a recoger latas?
.¿Prometes no volver a gastar tus paga en este puto juego?
-No, pero que dice. ¿A poco no soy el mejor recogedor de toda la comarca?
.Está bien, antes compra pan y lleva a tu casa, no vaya a ser que tu vieja me espante a todos mis proveedores.
Entonces Andrew cerró los puños, enojadísimo. Otra vez se había quedado a punto de lograrlo. Quizá todo eso era verdad y era un juego para adultos. No le importaba, estaba convencido que ahora si podría llegar al puntaje y entonces sólo sacrificaría su ítem y despertaría y podría por fin esperar el ticket rojo con los 15000000000 para cambiarlos por unos zapatos de color negro. Así en su casa su madre no volvería a decir que uno anda perdiendo tiempo en las maquinitas de mierda. Quizá incluso lo dejase dedicarse a los juegos y podría ser como su ídolo, Kunter Jaruko. Famoso por ganar en todo tipo de máquinas y de todas las versiones, incluso llegó a obtener un 20000000000 en uno de similar al que jugaba Andrew con tan solo 19 minutos de juego.
De pronto el cielo azul se cubrió de nubes oscuras en cuestión de segundos, la lluvia se desató, cerca de las montañas caían rayos y se oían truenos. Llovía y todo parecía indicar que volverían a ocurrir más huaycos.
.Vamos chibolo, no vaya a ser que no podamos llegar a casa.






-Melvin Jara

sábado, 17 de marzo de 2018

DOMINGO ENTRE PATAS

 (fotografía sacada de: El lar de los conformes disconformes)

La reunión iba siendo amena, tres tipos sentados acompañados de unas cervezas, unas y otras y otras, sin saber que acabarían siendo cuatro cajas al final del día. Iban recordando luego de nueve años lo que fue la vida en el colegio allá por los años 90’s.
-Recuerdas a la Romy, dijo Pedro mientras destapaba la botella de cerveza, tiene ahora tres o cuatro hijos. Está maltratada y hasta parece más vieja que antes. Putamare, cuando recuerdo lo del cole me entra una melancolía de mierda.
-Ah verdad, llegaste a estar con ella ahora que recuerdo, jajaja. Este pendejo casi barre con el salón. Oe y los fallos loco, los fallos. Tío Carlitos, traite una cajetilla de veinte marca lucky.
-Si Daniel, jajaj ese Pedro y pensar que hoy estamos celebrando que eres papá. No la hagas larga pes Pedro, suelta la botella que también cargamos con sed. Ah, la otra vez vi a la Romy en el mercado, pero ella se paltea, me desvió la mirada y se quitó en una de ahí. Estaba algo gorda.
Ellos hablaban mientras sus pensamientos volvían al momento exacto de la última foto que se sacaron junto a la promoción, recordaban como ese día llegó la profesora Bertha que era más profesor que profesora. Y les dijo: Chicos todos al patio, lleven cada uno una silla. Salieron todos cargando las sillas nuevas que el estado había mandado luego del terremoto. Pedro, Daniel y André tenían en ese entonces diecisiete, diecisiete y dieciséis el último. Cada uno tenía un recuerdo distinto del día aquel. Daniel recordaba más el color amarillo de la ropa interior de Estelita que vio sin que ella se diese cuenta en plena clase de matemática pues todos estaban concentrados en resolver los ejercicios y este comenzó a gatear por el salón para hacer una broma a Pedro que se sentaba en las primeras filas. Daniel moría por Estelita desde que llegó al colegio por primera vez, Estelita tenía casi diecinueve años y era la mayor de toda la clase por eso no hacía caso al chico nuevo. Estelita estaba también concentrada en los ejercicios, sentada con las piernas abiertas ignorando que alguien captaba ese cuadro para nunca más olvidarlo. Pedro recordaba más el miedo que lo invadía pues era la última semana de clases y pronto tendría que decidirse a por una carrera que lo pueda sacar de la pobreza. André tenía la foto en su memoria, todos ellos y las sillas nuevas, las chicas con las piernas entrecruzadas en la misma dirección. Recordaba las insignias prendidas en la camisa de todos los compañeros de clase a la profesora Bertha sentada en medio con una sonrisa de oreja a oreja. Recordaba que Bertha era quien le había puesto ese apodo que lo venía cargando desde aquellas épocas: carejerma.  Recordaba a las compañeras de clase a Aurora y su rostro quemado mientras preparaba un dulce en su casa, a Nellida y a Susana con sus conversaciones depravadas donde el castigo al novio era tomarse el semen del amigo de este. Recordaba a María, la morenita que jugaba siempre al menoseo con quien sea del salón, era bajita y delgada y fácil de levantar. A Carmen y su polito blanco de educación física en clase de computación. Ese impulso que lo llevó a morderle los senos, la sonrisa de esta y el silencio de sus ojos. Pasaban todas por la mente de André. Lisset y su mirada de pericote, Yoselinne y el hermoso trasero meneante en la fiesta por el aniversario del colegio, la Bélgica y su gancho de ropa como sujetador del pelo, Yanet y el silencio absoluto mientras iba sobándole las piernas durante un trabajo grupal de lenguaje. Todas ellas en el recuerdo aún, todas ellas en la foto.
-Salud por tu paternidad gordo, ya era hora también – levantando su vaso para que los demás lo sigan.
-¡Salud Daniel!
-¡Salud chicos!
Los tres saliendo de sus recuerdos de secundaria.
-Oe, ¿recuerdan a Duro?
André y Pedro se quedaron pensativos un rato, Daniel iba sirviendo nuevamente otro vaso y pedía tres chelas más con una seña para continuar:
-Ya bueno, duro esta cagadazo, la otra vez fui a visitarlo y el man está que se vuelve loco. Incluso ha intentado suicidarse un par de veces. Y hasta se ha metido a esa agrupación de terrucos, ¿cómo se llama? ¡Ah! Patria Roja.
-Pero él quería ser el mejor abogado –agregó André mientras sacaba un cigarrillo de la cajetilla sobre la mesa.
-Si pe’ Andrecito, pero la vida es cagona y ahora ese man está cagadazo. Oe recuerdan cuando Duro dijo aquella vez que estábamos con los trabajos: Vao a relajar la mente y nos quedamos todos pensativos hasta que el sacó de su mochila las revistas porno, jajajaja.
Pedro que ahora tenía la botella de la Cusqueña de trigo y su fallito lucky strike con pastillas de mora en su boca botó todo el humo para poder hablar:
-Ese duro no ha caído tanto, ¿recuerdan a Maro? Pues él sí que ha sufrido como mierda. Se le murió el chibolo recién nacidito. Lo sé porque vi su foto colgada en el Facebook.
-Los años nos dejan dolores irremediales Daniel, Pedro. ¿Acaso ustedes no han sufrido?
-Nuestros dolores no se comparan pes, nosotros no la hemos pasado tan mal después de todo –Añadió Pedro- Sabían que Alejandro sufrió un accidente en moto. Iba con su viejito quien falleció inmediatamente. Alejandro se salvó por el casco. Ese huevón está postrado en su cama, parece que ya no caminará y tiene que cargar la muerte de su viejito encima. Como te digo André nuestros compañeros sí que la han pasado bien bravo estos nueve años.
-Bueno casi todos Pedro, a la mierda volvimos a secar otra botella. Tío otras dos chelitas. Pedro ¿cómo es esa pomada de que eres el cúpido de la promo? Jajaja
-Jajaja, pendejo. Bueno, esas son huevadas André. Era mi cumple y estaba tranquilazo cuando mi sobrinita me dijo que un camión había llegado y que bajaron y preguntaron por mí. Te juro que yo ni sabía nada. Al salir me topé con la Bélgica y su ex, el Melendez. Me quedé boquiabierto la gringa estaba un poco picada, parece que ya venían empezando hace un buen rato. Me saludaron por mi cumple y pasaron a mi casa…
En ese momento Daniel que pagaba por las bebidas interrumpió.
-¿Oe pero la gringa no está casada?
-Espera pe’, déjame contarte cómo fue la nota. Si, la gringa está casada y tiene ya su chamaquito con un profe mayor que ella, pero llegaron a mi casa picados y ahí entre baile y baile los vi a Melendez y a la gringa en afanes bien serios. Se habrán quedado solo una hora luego se quitaron sin despedirse. Se fueron ya ebrios. Quién sabe lo que paso después, pero de que la gringa se metió una pichanguita se la metió. Y ya, hablando de pichanguitas cuándo nos metemos un partidito pes, hace tiempo que estoy sin hacer deporte.
Daniel que ya empezaba a picarse cogió la cajetilla de cigarros, la encontró vacía y volvió a llamar al tío Carlos para que saque otra cajetilla más. Para él era inconcebible beber sin fumar.
-¿André y qué fue lo del supuesto reencuentro que tendríamos luego de diez años?
-Puta, lo veo difícil si ya la mayoría tienen sus hijos, ustedes dos por ejemplo ya casi ni salen por andar chambeando para sus críos. Además no creo que la gente se recuerde de esa promesa en la fiesta de promo.
-¿El chuz si se recuerda, acaso no leyeron su post? La gente si se acuerda André, Si yo y Pedro nos acordamos también. Ah, ese chuz ya tiene su tercer hijo y su cuarta mujer. Fue cagón eso de perder al año de haber acabado el cole a su flaquita, parece que eso le ha chocado como mierda.
-Bueno, quién sabe. Quizá sólo lo hace porque es un arrecho de mierda. Como ustedes pes ¿o me van a decir que no le sacaron la vuelta a sus señoras?
Ambos Daniel y Pedro se quedaron callados y para matar el silencio que los agobiaba tomaron de un solo bocado sus rubias bebidas. En la calle se respiraba tranquilidad, los autos y los peatones sin ningún sobresalto, el tío Carlos que empezaba a conversar en la otra mesa sobre lo jodido que está la situación para los maestros, de la huelga que no parará hasta que el estado reconozca la labor que realizan.
-¡Salud por la paternidad del gordo pes, conchasumare!
-¡Salud!
-¡Salud!
Los vasos volvieron a chocar, las botellas volvían a quedarse vacías y el cenicero se llenaba con más colillas.
-Tío Carlitos, deja de andar jodiendo a los demás y pásanos dos chelitas más.
-Ya chibolo, pero más respeto –respondió el dueño del bar mientras se acercaba a la refrigeradora- No tengo más cusqueñas de trigo muchacho, ¿te parece bien si te doy unas ricas y espumosas Pilsen?
-¡Bacán! Las Pilsen son más ricas que esta huevada de trigo.
-Tú lo has dicho André –dijo por última vez Carlos y sacando las cervezas de la refri se las llevó a la mesa.
-¿Oe Pedro y qué sabes de la gente? –preguntó Daniel mientras llenaba su vaso.
-Ah, vi hace dos semanas a Estela…
-No jodas huevón, ¿qué te dijo?
-Ni mierda Daniel, no me dijo ni mierda si la pendeja es botadaza, me vió y se hizo la loca. Esta bien rica la mierda esa, quizá por eso se bota así de feo.
-Nada de eso –replicó André- según me datearon se ha casado con un tío de monedas y que ahora no recuerda que estudió en un colegio estatal.
-Debe de ser porque se veía bien producida. Peinadita, con su bolsito rojo y con un culazo de campeonato. Relájate Daniel ¿o te sigues cagando por la Estelita?
-Bueno, ya no. Pero me viene a la cabeza recuerdos de la fiesta de promo. Mientras bailaba con ella le dije que había visto su ropa interior y que era de color amarillo. Se lo dije porque estaba un poco picado, era la primera vez que bebía pes, así que no se caguen de risa.
-Pero que te dijo ella pes –Interrumpió André llevándose a la boca el vaso con cerveza.
-Ah –Continuó Daniel con voz emocionada- me dijo si no quería ver también los que llevaba ese día.
-¡A la mierda! Y no contaste nada.
-Es que pensé que sólo me pertenecía ese recuerdo de Estelita en pañitos menores, pero si ya se casó y es botada ya no importa.
-Ya, pero continúa con la historia pes pendejo
-Espera pe’ André, vamos a mojar antes la garganta para la locuacidad.
Volvieron a chocar sus vasos y bebieron rápidamente su contenido. Eran las nueve de la noche y ya iban por la primera caja de cerveza. El local empezaba a llenarse de gente que tomaban asiento y pedían cervezas, pisco, ron. Se enfrascaban en conversaciones que iban desde fútbol, el triunfo de Alianza Lima. Política con todos los sinsabores del gobierno, de las huelgas y los malos pagos a los empleados públicos, de la corrupción que se comió todo el país desde que independizaron. Hablaban de todo, con un murmullo general donde podía uno escuchar sobre las posiciones sexuales que más le gustaba y hasta de cómo se levantaban a las chibolitas pulpinas.
-Ya bueno, como les iba diciendo Estelita me preguntó si no quería verle los calzones en pleno baile. Claro que yo dije que si con la cabeza. El calor me subía y se apoderaba de mi cuerpo. Acabó la canción y me dijo que la acompañe al baño. Ustedes estaban pegados con las botellas y con la gente, las chicas estaban llorando despidiéndose y los viejos estaban también en plena chupeta. La seguí, su vestido moradito dejaba ver sus piernas blanquitas y yo me preguntaba qué color llevaría en ese momento. Llegamos al baño y ella ingresó primero, me dijo que pase y así lo hice. Me preguntó si ya estaba preparado. Afirme nuevamente con la cabeza, estaba nervioso y no pude gesticular palabra alguna. La muy pendeja se rio y se metió al sanitario dejándome parado. Cerró con seguro la puerta, porque yo empujé la puerta tratando de ganarme con todo. Habrá demorado unos quince segundos. Luego la puerta se abrió y estaba ella parada sonriente sosteniendo entre los dedos una tanguita de color blanco. Era una tanguita pequeña, riendo me lo dio y antes de irse me dijo: Espero sepas aprovecharlo Danielito y se fue dejándome parado, sosteniendo la ropita blanquita con fuerza.
-Jajaja, ¿pero acaso eso fue todo?
-Si Daniel, eso fue todo, ¿no jodas? –También preguntó Pedro.
-Si muchachos, eso fue todo porque luego de meterme una jalada de ganzo oliendo su tanguita. Salí del baño y la busqué con la mirada por todos lados. El resto ya lo saben. Me acerqué a ustedes y les pregunté si la habían visto.
-Si, ella se fue con Ricardo a otra fiesta. –Respondió André conteniendo la risa.
-¿Putamare y porque no me dijeron eso?
-Es que era nuestra fiesta de promo y no queríamos cagarte la fiesta loco, pero ya fue ¿si o no?
-Si André, ya fue conchasumare. Otro salud por la Estelita pes.
Los tres rieron y llenaron sus vasos para el brindis.
-Carlitos, ¡otras dos más porfa!
-A la orden Pedrito.
Trajo las cervezas, cobró por ellas y se fue a la mesa donde estaban dos ancianos bebiendo coca cola con ron Pomalca.
-Oe, ¿saben algo del gatito? –preguntó André.
-Ese Kenyo de mierda, dónde carajos estará –Se apresuró Daniel en responder.
-Yo lo vi hace dos meses en Pisco, estaba con su flaca.
-¿La chatita de su cuadra?
-Si André, esa misma. Llevan un buen tiempo juntos.
-Si, pero no sabías que gatito se rayó conmigo porque pensaba que yo me estaba gileando a su enana.
-¡Jaaaa! –Dijeron al unísono Pedro y Daniel.
-Serio pes. Todo fue porque una tarde en el cole me pidió que le escriba una carta romántica. Yo lo hice normal si después de todo me iban a caer unas monedas. Pero al parecer la flaca no se convenció del todo de que él lo haya escrito. Y ya pes, luego de acompañarlo a su casa a la salida, como todas las tardes luego del cole, me iba a mi casa tranquilazo y veo en la esquina parada a su chata, pasaba normalazo yo escuchando música en mi Disc-man y la flaquita se me acerca, tuve que quitarme los audífonos. Era bonita la enana esa, y me pregunta así de arranque: Tú escribes las cartas románticas de tus amigos ¿verdad? Puta, yo me quedé heladazo. Asentí y la flaca se me abalanza con un abrazo y sus labios buscando los míos. La esquivé y justo en ese momento Kenyo sale de su casa y se gana con la escena. La flaca se quitó en una y Kenyo no me volvió a dirigir la palabra.
-Si, esa enana era pendejita, si a mí también me quiso pulsear.
-No jodas Gordo, ¿también a ti?
-Si, la chibola quería con todos. Quizá por eso estaba con el Kenyo también.
-¡Mierda! Pero ya dejemos de hablar de hembritas que me dan ganas de llamar a unas nenas –dijo con tono sarcástico Pedro- Más bien qué saben de Chuito, me enteré que su viejita acaba de fallecer.
-Sí, hace un mes y medio que falleció. Ahora Chuito anda todo hecho mierda, creo que ni se cambia de ropa.
-¿Estaba estudiando idiomas creo?
-Si André, pero creo que lo dejó.
Volvían a secar las botellas, bebían sin pausa. Tres vasos que no se permitían quedar vacíos. La mesa pequeña con tres tipos recordando, haciendo cuentas de los nueve años pasados y contando absolutamente todo lo que sabían de sus condiscípulos. Ya sea por efecto de la bebida o simplemente para no dejar en silencio la mesa. Recordaban el nombre de la promoción, ese nombre que Carmen soltó en medio de bromas: Alfred Nobel, que la promo se llame Alfred Nobel. ¡Porque somos una promoción dinamita!
-¿Sabían que el chibolito de la Carmen tiene leucemia?
-Nada, no sabía.
-Ni yo sabía nada.
-Bueno, eso me dijo Banny entre lágrimas la otra vez que lo encontré tomando en la calle con uno de sus vecinos.
-Mierda, pobre Banny y la nera.
Ya eran las once la noche, seguían bebiendo mientras fumaban. O fumaban mientras bebían. Recordando y contando lo que sabían de sus demás compañeros de clases. Dejándose llevar por el alcohol que iba soltando sus lenguas. Era una promoción de jóvenes que tuvieron una vida difícil, se contaban todo esto porque el dolor ajeno disminuye los dolores propios. Y dieron las doce y una de la mañana. Ellos aun bebiendo ya en su cuarta caja. Ebrios cantando canciones de Yosimar y Jambú, porque se habían quedado sin historias ajenas que contar. Ninguno durante esa noche contó algo de su vida, ni por casualidad ni por el exceso de tragos. Pero bebían sin detenerse para nada. Lo último que se dijeron fue una fecha en la que se volverían a reunir, en la que volverían a contar las mismas historias o quizá ponerse al día con nuevos detalles de la vida de sus compañeros. Pero nada de contar algo de ellos, nada de eso. Solo hablar de los demás y listo, mientras bebían. Fue a eso de las dos de la mañana que cada uno salió rumbo a su casa, con los pasos tambaleándose, con la cabeza dándoles vuelta, lentamente luego de despedirse. Sin saber si se volverían a encontrar en ese fecha. Sin saber nada porque llevaban ahora los dolores ajenos y quién sabe quizá en el transcurrir del tiempo antes de la fecha pactada alguno de ellos sería ahora víctima de los años y de los dolores que trae en su andar. No lo sabían, no lo sentían porque iban ebrios y faltaban tan solo tres horas para que amanezca. Ese día ninguno de los tres fue a trabajar porque despertaron tarde, con resaca y con los bolsillos anémicos.


A:
Daniel y Pedro. 
Por pendejos.


-Melvin Jara.


viernes, 9 de marzo de 2018

EL CLUB DE LOS PIRÓMANOS.

Vagamos como dos tontos, cargando cada una de las calles que íbamos dejando, sobre nuestros hombros. Las esquinas y sus interminables preguntas, el cruce peatonal y todas las muertes imaginables. Vagamos, de arriba, de abajo. Por las calles desoladas, las casas y alguna anciana sentada en su balcón, una anciana triste en el balcón que solo tiene ante sus ojos ladrillo y más ladrillo. No importaban cuantos pasos se dieran aquella noche, no importaba absolutamente nada en aquel momento. Levantamos pasos, constantemente y tantas veces antes de llegar. Tres tipos me detuvieron, en tres lugares distintos. Tres veces repitieron las mismas palabras. Tu pelo, siempre tu pelo, tres veces halagaron tu pelo en medio del tráfico. Y tú: tranquilo viejo, es normal que lo digan, porque de verdad tengo un bello pelo, sí o no viejo. Y ellos, los tres, tres veces si morena es un bellísimo pelo. Pueda que haya sido un solo tipo el que apareció las tres veces. Pasamos por la plaza y te venían terribles ganas por llegar al teléfono de la esquina, ese cerca al tragamonedas en el que entramos y me dejaste esperando sentado frente a una máquina y me dediqué a verlos, tipos ansiosos que abrían los ojos pensando que eso llama al triunfo, que es un acto de buena suerte. Los veo ávidos de llenarse los bolsillos y salir con la frente en alta, por fin, pero no. Sus ojos reflejaban la tristeza por perder constantemente, por perder siempre, el rostro de todos en la sala comenzaba a llenarse de tristeza, otra ronda sin ganar. Y la anciana que siempre podrá ser otra, sentada en el balcón intentando recordar aquellos años mozos, volviendo a sentir sus pasos como los nuestros, tratando de llegar pronto y poder soltarse los grititos escondidos en el bolso, recuerda de seguro que las calles no tenían tantos ladrillos por aquel entonces, que durante la noche más oscura pudo arder libremente hasta volverse sudor, convertirse en algo cercano a las cenizas.
Qué largas se nos hacen las calles, qué pequeña es la ciudad que nos rodea. ¿Por qué no desaparecemos de una vez de tanto bullicio? me dices, me sudan las manos. Estoy nervioso, lo sabes y quieres invitarme una cerveza, sabemos que no será sólo una, desisto de todo trato. Seguimos andando, como dos perros que buscan un poco de agua en medio del desierto del sur, puertas cerradas, lugares llenos, callecitas cubiertas de basura, lodo y no quisiste ensuciarte en aquel lugar. Son mis mejores tacones, dijiste.
Caminamos dando vueltas por la avenida central, deteniendo nuestros pasos únicamente cuando algún auto se cruza frente a nosotros, Deteniéndonos para dejar pasar el auto que pudo arrollarnos, que pudo patinar y quedar dando campanadas en plena madrugada, puede que la caja de cambios se le acabe estropeando, que los muelles no funciones más y que sean nuestros cuerpos los que se interpongan en su camino.
Se hace tarde y lo único que ha ido subiendo han sido los años, los años y su vejez como único síntoma, los años y los vacíos ocultos en horario de trabajo.  La jornada cíclica de trabajo, dices. Porque para tus ojos la eternidad es detenerse a cada instante, escapando de cualquier rincón, enredarse entre verbo y carne, teñir el color de las paredes con historias y cuadros escondidos entre las manchas de la pared, blanca, siempre blanca.

Líneas, amarillas, blancas, líneas negras, negrísimas líneas. Nos dibujamos sobre piedras, pasto, tierra y sombras. Árboles que ya tienen nombres, los repites en tu cabeza, quizá más de tres veces y ahora sé que no serán solamente tres, que vendrán otros tipos y sabré estarme atento. Por suerte memoricé el rostro y la barba y el cabello cano y  su andar liviano, esquivando a los demás transeúntes, ebrio de alegría, saltando para evitar correr. Volvemos sin darnos cuenta al mismo muro, el lugar nos extrañaba tanto que al vernos floreció, casi de inmediato. Solté tu mano para acercarme a oler aquellas flores, demoré lo que se demora en apreciar un aroma, volví la cabeza pero ya era tarde, otra vez tarde, muy tarde porque las puertas estaban cerradas y los nervios se me iban contrayendo, era tarde porque ya el fuego iba apoderándose de todas las paredes y gran parte del techo.

El mismo viejo, sentado en el primer piso, mientras su mujer quien probablemente se encontraba recordando historias en el balcón, nos abrieron la puerta y nos permiten pasar. No se bebe en este lugar, no se grita en este lugar, no se corre en este lugar, no se canta en este lugar, no se recuerda anteriores muertes. Aquí se muere cada día. Nos entrega las llaves y te sonríe.

Dentro es arder como en una olla a presión, las paredes lo estrujen a uno cada vez que olvida su propio nombre. Entonces, tú, como tantas otras veces, cogiste el mechero verde que tenías en casa, prendiste. Me llevaste corriendo y alrededor el rótulo de las puertas eran las únicas que iban aumentando de cifra. cientocuarentayuno, cientocuarentaydos, siento los pies cansados, un vacío en el estómago me recuerda que aún estoy nervioso, que no podemos incendiar cualquier lugar solo porque querrámos.

Llegamos por fin, después de tanto andar, de tanto dejarnos entre el tráfico y el recuerdo de los fantasmas que desde ahora también nos seguirán por todos lados. Llegaste y ya nada te importo, ni siquiera el hecho de que podías maltratar tu cabello y ya no habría un cuarto tipo diciendo: Hey tío, mira que hermoso pelo tiene esa mulata.

Retiraste la tapa y dejaste que el combustible bañara todo el mechero, lo volviste a hacer unas tres veces hasta sentirte segura que realmente podría prenderlo. No demoró mucho, los fósforos, la mecha encendida, el mechero ingresando por una de las ventanas. Las cortinas cubiertas de fuego, la casa llena de humo, el calor que lo habitaba todo, la combustión que iba en a aumento, fuego. !Fuego! Gritaba la vieja que corría escalera abajo, gritando !Fuego! !Fuego! salgan todos que hay mucho fuego. Los ancianos se toparon con todas las puertas cerradas, las ventanas trancadas, se encontraron sin salida y llegaron al centro de la sala, mientras se cogían de las manos, sonreían, ambos, ella con sus recuerdos desde su balcón, él entre los diarios con los cambios políticos, con muertes y asesinatos cada vez más interesantes, cada vez más entretenidos.

Corrimos, otra vez, corrimos hasta la casa vacía donde muchos otros pirómanos se reunían. Pide algo para el calor, dijiste. Porque estabas aún ardiendo y el encendedor bailaba entre tus dedos. Bebimos dos o tres copas para sosegar la garganta.  Me avergonzaba preguntar si aquello no había sido un crimen, tenía miedo de saberme culpable, miedo de carbonizar a dos ancianos, más que miedo, la culpa que lo atrapa a uno como un pequeño calambre que dura dos a tres horas y que luego se agiganta.
Bebías, bebías por los dos, un tipo triste no debe de alcoholizarse, lo repetías siempre que ahora lo siento tan cierto.  Detuviste el quinto vaso, bebías como si no te importa el hecho de haber asesinado a un par de ancianos tristes, de una casa triste, de paredes blancas y pequeñas camas. Bebías acaso para poder olvidar
Esta vez incendiemos el cementerio, casi lo gritaste, mientras reías con las manos tapándote los ojos, porque seguro ya lo veías todo, con total claridad, por eso reías y te tapabas la cara, por eso reías y repetías por tercera vez: Esta vez el cementerio.
Me detuve, esperando respuestas, o al menos medias verdades. Con el vaso sobre la mesa, los tipos reunidos todos con ropa negra, bebidas claras. Noche que se extingue, podría decirse que eran las tres y veinticinco de la mañana.
¿Qué te sucede?, dijiste y tu voz sonó tan fuerte que me hizo temblar. ¿Será acaso que te dan lástima esos dos viejos?, pensé que lo sabías. Y sus ojos volvieron a la bebida, respiró tan profundamente que los demás parecieron notarlo, dos de ellos intentaron levantarse, seguramente a decir también que hermoso pelo mulata, que hermoso pelo. Y tú, como tantas otras veces sólo sonreirías y optarías por andar con pasito de gacela, con tanta delicadeza que los peatones se ponían a gritar para que por favor se apurara.
Pensé que lo sabías, repetiste una vez más. Pensé que lo sabías. Mi trabajo es asesinar a personas que no tienen nada por lo cual vivir, ellos estaban tan viejos y tan cansados, al parecer lo conversaron y se dieron cuenta que ya nada podría pasar en sus vidas, se sentían miserables puesto que sus hijos, si, tenían dos hijos. Un varón y una mujer que ahora es madre y se ha olvidado de ellos, el varón que intentó vender la propiedad cuando su padre enfermó. Por eso se sentían miserables y llegaron a este lugar, justo a esta mesa en la que estamos sentados y bebemos, perdón, bebo. Me parece muy bien que ya no bebas en esta ocasión. Me parece bueno, realmente bueno. Sí,  aquí mismo se sentaron y pidieron un poco de pisco puro y una botellita de agua mineral para ella. Quería que todo pareciera un accidente, pues el amor de los padres, sobretodo de la madre quien se negaba en dejar la propiedad que seguramente les causara problemas, optó por asegurarla contra cualquier accidente dejando como beneficiarios a sus dos hijos. Por eso bajaron rápidamente y se abrazaron en la sala, seguro se despedían. Bebiste nuevamente. Tienes que entender nene que este negocio es así, a veces uno no entiende a los clientes.
Ah por cierto, mientras te tapabas los ojos, nuevamente, evitando así que pueda verle esos ojos jubilosos. Será esta vez un cementerio y descuida el que nos contrató también está cansado de lidiar todos los días con los muertos.





-Melvin Jara

miércoles, 7 de febrero de 2018

Amor, para amar.

Porque de vez en cuando
nos viene bien mirar al cielo
e hincarnos de rodillas.
-Bergoglio

Amor:
decimos amor
y se nos caen los labios
al piso, al cielo
A donde vayan nuestros pasos
ahora huele a perfume importado
a pasto, a hierba fresca
orégano y aceite hirviendo.
Pagué todas las deudas
y cubrí todos los bancos
los de piedra
hasta los de madera y acero
Limpié el óxido
porque ahí no estaba el amor.
Mis ojos cuando tienen sueño
mis manos cuando busca escribir
los pasos que intentan correr ya
el corazón que intenta gritar.
En las filas para ingresar al cine
las escaleras frías por donde salir
dentro de la copa de vino
entre la envoltura que lo cubre todo.
Amor, amor y más amor
Sucio, enfermizo, robado, papal, santo, divino.
Amor, amor por todo lugar
                                                 amor.
En la espera a la consagración
bajo la sombra de alguna estatua
las palabras y los votos
las plegarias y en los insultos más sutiles
bajo el miedo a saberse perdido
cuando besas también sus manos.
Amor, amor.
                                           Puro amor.
Desde las cabinas telefónicas
en las cartas escritas de madrugada
las boletas destruidas, los comunicados absurdos
incluso el pañuelo que limpia un rostro.
Amor, porque no se puede hacer otra cosa
solo amar, amor. Bendito amor
que llega a tus manos de otras manos
que se mecieron en otras manos.
Amar, amor
para ASIRNOS A LA SONRISA
y leerlo también al revés
solo amar, amor. Amar
Como si de eso dependiera esa historia
amar al bueno y al malo
al que bebe y al que tiene sed
amar al que es abstemio
al que llora y entierra los ojos
por miedo a verse llorar
o por miedo de ver un vaso vacío.
Amar los colores hasta la albura
el vuelo y el humo del anunciamiento
decir adiós y saludar con un beso
dar la mano, caminar sin rumbo
sobrevivirse día con día
como si se muriera uno a cada hora.
Por amor, amar.
                                         Solo amar, amor.
Para darnos vida en un soplo
para arrancárnosla a pedazos
o mordeduras y arañazos para no caer
levantarnos, escupir cada día más lejos
hasta ver el campo verde y alto
subirse al metro, al bus para respirar a todos
por amor, amor. Para amar.
Amar al padre al hijo y al espíritu
hasta cuando deje de ser santo
en los rezos y orgías, amar
al cielo, al piso y estar acostados
en ambos lados amor.
Por amor, amar
                                   Amar por amor, amar.

-Melvin Jara.

sábado, 6 de enero de 2018

LUNES DE MIERDA


Mierda, otra vez lunes y todo vuelve a ser igual. Putos, putos, putos los días, putos los lunes por ocupar el primer día del calendario, putos todos ellos también. Despertar los lunes es infernal, el castigo semanal adelantado y no es que me queje del trabajo; no, el trabajo es fácil. Es muy fácil y hasta entretenido excepto por los lunes jodidos lunes.
6:30 am y una tiene que salir de la cama, tenderla, ver la maldita hora y de pronto ya dan las 7:00 am y una que andaba revuelta en recuerdos de las últimas dos semanas. Pero es que aún no logro comprender cómo ocurrió todo, aún sin comprender cuál fue el momento en el que perdí la cordura de toda mi buena vida, de mi buena conducta y postura. En solo semanas los papeles se encontraban revueltos, los labiales gastados, la ropita interior más sexy fuera de la cómodo y son las 7:10. Bañarse, refregar el jabón por las piernas, la entrepierna, sobar despacio, muy despacio para no dañarme estos pensamientos impuros que saltan de mí como avispas de un panal recién golpeado. No demorar mucho para no gastar jabón y para no demorar mucho tiempo porque de pronto ya son las 7:30 y tengo que empezar a vestirme para llegar temprano al laburo; coger el brassier, ya no importa el color, alisarse el pelo. Fue un lunes cuando ocurrió, sí, un maldito lunes, un puto lunes cuando nos conocimos. Es que fue todo así, raro, de improviso, un brusco sacudón de vida. Sentada una tranquila en una banqueta ocupada en los precios y rebajas del fin de mes, porque para ser franca los bolsillos en este siglo 21 empiezan a morderse el uno al otro, quizá la culpa no sea ni de nosotros por aumentar vertiginosamente día con día, pronto seremos tantos que no seremos nada y esto será un verdadero despelote, así andaba una, sentada en el parque, con la mirada puesta en los miles de peatones y compradores que salían del market frente a la silla donde me encontraba sentada aquel trágico lunes, malditos lunes, putos lunes. Se acercó con paso lento, menudo tipo arrastrando sus pasos con suavidad, un tipo sencillo y corriente pensé en un primer momento, porque nadie espera que le pase lo que me ocurrió cuando estuve sentada frente al market, porque nadie cree que le pueda pasar eso. Se sentó en la banca del frente y puso una botella al suelo y empezó a jugar con un lapicero. Dime si es no se siente ya algo diferente en estos días. Un tipo con una cerveza y un lapicero en plena plaza de armas, sentado frente a mí un lunes, un jodido lunes, malditos lunes.
Sacó una libreta y la colocó sobre su rodilla luego de cruzar las piernas, tomó nuevamente la botella y giró la tapa, dejó la chapa en la banca y empezó a libar, todo esto con la mirada puesta en mí, era muy notorio. Además todo lo hacía como si se tomase el tiempo en que pueda verlo bien y describir todo lo que hacía, sabía que lo estaba viendo y no sé si fue porque intenté torpemente peinarme o porque me mordí levemente los labios, demonios, aquella vez había sido un lunes cansado pero vivible, un lunes después del trabajo sentada en el parque, pero llegó él y lo altero todo aquel día, por eso detesto los putos lunes. Luego escribió algo sólo en ese momento bajo la mirada y yo ya estaba absorbida como si la cerveza del piso me la hubiera bebido yo de un porrazo, como ebria también empecé a contemplarlo, con más ganas cada vez, con más detenimiento. Porque él tenía movimientos lentos, muy pausado entre gesto y gestos, espacios largos entra cada sorbo, mientras aún me miraba y cruzamos miradas, demonios aún me arrepiento de todo, pero su mirada era cálida y tierna, a pesar de la cerveza y ese lapicero que daba vueltas y más vueltas en su mano, malditos lunes, putos lunes.
De pronto su mirada cayó con todo al cuadernillo ese y empezó con una violenta velocidad a escribir, escribía y no dejaba de hacerlo, levantando por pequeños intervalos la mirada, imaginaba que solo miraba mis piernas que son atractivas, o quizá miraba mi pelo todo maltratado por un lunes de trabajo y hasta puede que haya estado viéndome solamente los pechos, a ellos siempre les gusta los pechos enormes, las buchonas. Por eso siempre se ven secretarias con pechos grandes, como si el tamaño de copa tendría que ver con algo en el tamaño de los cerebros. Putos ellos, putos los lunes putos todos los hombres que se dedican únicamente a ver los pechos de las mujeres, putos aquellos que se sientan en un parque a escribir mientras beben una cerveza y van seduciendo a una desconocida que tuvo un mal día en el trabajo y decidió sentarse en la plaza frente a un market a ver pasar la noche.
Pero yo ya estaba viéndolo atentamente sin importar si me veía las piernas, el culo o las tetas, no importaba pues solo quería que me estuviese viéndome mientras escribía, sólo eso bastaba aquel jodido lunes, lunes de mierda por dios y estar recordando todo eso. Pero el reloj le recuerda a uno que hay que trabajar, porque ya dieron las 8:00 AM y una tiene que alimentarse para poder mantener esta figurita tan regia y divina. Yogurt, galletas dietéticas, stevia para endulzar, tres vasos de agua y una barra energizante antes de salir, para soportar el lunes maldito, ya fuera una puede fumarse un cigarrillo, esto es más porque la casa de una mujercita no debe de tener olor a tabaco ni a nada parecido, tan solo se debe de sentir el aroma amaderado de un perfume pedido en alguna revista que solemos repasar miles de veces en el trabajo, justo acabo de realizar otro pedido más, porque da la casualidad que el único aroma que me quedaba era el que había usado aquel lunes y yo no necesito nada que me recuerde ese puto lunes, por eso encargue a Carlita a que me traiga las últimas fragancias del mes. Tengo que olvidar los putos lunes por dios, ¿acaso no es posible hacer algo así?
Afuera solo reina el tráfico y los hedores arremeten con todo, el smog, el polvo, todo huele mal este triste lunes y peor aún es el camino al trabajo pues nuevamente atacan los recuerdos y siempre a la hora de ir en autobús, ahora él dejaba todo, la libreta, el lapicero, la cerveza y esa mirada de niño bueno para empezar a mirarme como hombrecito recién cumplido los 18, como un macho en celo y a mí se me fue subiendo también el papel de hembra sumisa, así de la nada, sin conocerlo, tan solo viéndolo aquel desastroso lunes y sintiendo ya su mirada acariciándome tan suavemente. Maldición, qué mierda con los lunes, qué mierda.
Pero tuvo el atrevimiento de acercarse, todo fue lento también: se levantó de la banca, dejó en ella todo lo que tenía, hablo de la botella, del lapicero y del cuadernillo para luego avanzar, con esa mirada aún fija en mí, empezó a dar pasos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y aún era lunes, dios mío, como sufro este lunes al recordarlo. Seis y siete pasos para llegar a mí, mientras tanto yo intentando esconder la mirada, es que ya me sentía en el papel como una actriz profesional y debía de evitarlo en un primer instante. Cómo empezó la conversación? Jajaja, quiere saber qué fue lo que dijo, es que una está preparada para cualquiera de esas chácharas baratas, del preguntar la hora, del disculpe sabe cómo llevo a este lugar, del saludo protocolar o del coqueteo suave, en verdad estaba preparada para ese tipo de conversaciones, pero no, la puta mierda, no fue así. Malditos lunes por eso, por él y su estúpida conversación inicial, malditos lunes de mierda, la puta mierda!
-Qué me dices si te invito a tomarnos un trago- dijo el muy puto un lunes, hace dos semanas y yo sentada sin esperar nada después del trabajo, preparada para cualquier conversación pero usó esa. Y no es que haya estado con ganas de beberme un trago, eso no, si no que fue más por su actitud, llegar y sentarse a la banca de un parque mientras destapa una botella de cerveza  y con ese lapicero dando vueltas en sus dedos y la libreta donde empezó a apuntar mientras me miraba con esa ternura y esa sonrisa. No le pude decir nada en ese momento, solo intercambiamos miradas, pero que hago aún contando si esta es mi parada. ¡Bajo, bajo! Demonios, putamadre, otra vez me pasé el paradero, por eso odio estos lunes de mierda, putos, putos lunes.
-Si, bajo por favor.
Otra vez la agonía del tráfico y los peatones uno a otro con pasos más presurosos. 8:15 de la mañana, parece que llegaré temprano al trabajo, al menos eso hace que este lunes sea un poco agradable, porque he llegado desde ese lunes tarde al trabajo, tarde a las reuniones, me he pasado el paradero todos los días y en  todos lados, me he olvidado cosas en casa. Mierda, la puta mierda nuevamente olvide las fotos para los documentos en el trabajo la puta mierda, mierda, mierda. Lunes de mierda. Y todo desde que lo conocí, maldición. Y no pude decirle nada, solo lo miré y con esos pequeños labios dibujados en su rostro musitó: ¿Me pareces una persona interesante, qué dices, vamos por unos tragos?
¿Qué iba a decir en ese momento, qué decir si no estaba una preparada para esas balas, mierda, sus ojos y sus labios, no me dí cuenta cuando me tomaba ya de la mano y mi cuerpo liviano ya estaba fuera de la banca donde me senté aquel maldito y puto lunes, hace dos semanas atrás. Preparada para acompañarlo a donde me lleve por un trago, porque de pronto quise beberme todas las copas de los bares, secar las cantinas y pub, cerrar los restaurantes y sin duda seguiría bebiendo, porque estarían ahí sus pequeños labios y esos ojos que ahora me pedían andar, así, tomados de las manos y es que recién nos acabábamos de conocer, con una pregunta poco usual: Nos tomamos un trago y demonios no sé si fueron estas palabras la que me hicieron seguir o todo en conjunto, desde que llegó y jugo con el lapicero, bebió la cerveza, me vió, escribió algo que sin duda le pedí luego que me lo lea, porque ya estaba en medio camino a tomarnos una bebida y me preguntaba también cosas como esa. Mierda, maldito lunes, perros, perras las conversaciones para las cuales no estamos preparados. No dije nada en el trayecto, sus manos eran cálidas, tanto que de pronto empezaron a sudar, empecé a sudar también yo porque era un calor agradable en el que te iba envolviendo y una se volvía tonta en ese momento pues ya lo iba siguiendo una, cruzamos la pista y en el market muchas personas con productos en mano, unos pagaban, otros escogían, el de polito rojo estaba comprando unos cigarrillos, la de reloj amarillo iba eligiendo algún snack para que se atragante, el de lentes oscuros pagando un ron con cola, una cajetilla de cigarros y una barra de chicles. Y si digo esto es porque realmente en aquel lapso de tiempo yo estaba presente en todos lados, podía ver incluso al lugar más alejado de aquella tienda, los chicos del fondo sacando cervezas, algo clásico: Un gordo, un chato un alto. Siempre las mismas coincidencias, así estuve en ese preciso momento en el que tomaba mi mano y ya estuvimos rodeados de todos pasos por todos lados, a medio metro a dos pasos de distancia y yo con el pensamiento aún ido, mierda, maldito lunes, y maldita conversación de aquel lunes, ¡mierda, mierda, mierda! Por qué a una le atacan estas ideas en medio de la calle mientras camino y ya no tengo esa sensación de estar observando todos los lados, ya no podía ser omnipresente, por eso lo odio, por dejarme probar de esa sensación y de ahora no estar aquí, porque mierda, son dos semanas pesadas, pura mierda es la ciudad y los días, porque él lo cambio todo cuando empezó a retirar la silla y me colocó ahí, se puso frente a mí, levantó la mano y llamó al chico que atendía: Dos cervezas por favor, dijo y aún enmudecida sin poder musitar nada, ahogada en la silla, mientras las botellas llegaban y nos bebimos todas rápidamente porque yo tenía mucha sed y las bebidas no me tranquilizaban, mierda, bebí, mierda, mierda.
-¡Cuidado animal! ¡Estúpido no ve que estoy en la acera¡ ¡use la ciclovía! ¡pues no es mi problema si no la hay!  ¡vaya por la puta carretera!
Las 8:20 y un estúpido tipo con bicicleta ha podido atropellarme, mierda con este día, todo sale mal, todo, absolutamente todo, menos mal nada malo me ha pasado el día de hoy. La puta mierda, mi taco, carajo, ahora que pensé que llegaba temprano al trabajo, mierda, mierda, putos lunes, ¡putos, putos, putos!  Llegaré tarde nuevamente, maldición, puta mierda de día. No recuerdo si cerca de la zona hay un zapatero, carajo, por qué precisamente a mí y todo un puto lunes, olvidando las fotos para esos documentos, con el tacón roto y ahora a solo cinco minutos para llegar a tiempo al trabajo, mierda, lunes de mierda. Y ahora otra vez, vuelta mierda en la acera sin saber si continuar el camino y llegar al trabajo o dar media vuelta e ir a casa a arroparme de una puta vez, renunciar al trabajo y largarme de aquí de una puta vez, de llegar a otra ciudad y poder usar otro nombre, poder no usar ningún nombre porque eso fue lo que él dijo aquella noche , cuando ya un poco subida de copas le pregunté con casi nada de inhibición: Qué tanto escribías en aquel cuadernillo?  Y sus ojos así, todo grandotes comenzaron a llenarse de una calma que podría haberme hecho llorar. –¿Quieres que los lea? Si! Respondí a su maldita pregunta, como si mi pregunta no haya sido dirigida a solo eso, pero no podría haberle respondido otra cosa que solo un sí, ya llena de todo tipo de excitación, con deseo tan solo de ver que vuelva a sacar la libreta, que la abra y que esos pequeños labios empiecen a dejar que sus palabras salgan y saber que pensaba en el momento exacto en el que estuvo viéndome, excitada, mierda, estaba realmente fuera de mí, pero nada que sacaba la nota y yo lo esperaba atenta al más mínimo movimiento, pero su mano solo llamó nuevamente y pidió otras cervezas, me miraba aún con esos ojos, esa mirada que trajo desde que se sentó frente a mí, y yo mierda, mierda, mierda a qué hora comienzas a sacar la puta libreta y te pones a leer lo que has escrito, carajo, vamos apura, qué lunes ya casi se va, seguramente las personas del market ya habrían salido, los chicos ubicados al fondo comprando un trago habrán salido y vuelto a entrar varias veces, una tras otra, y estarían y probablemente ebrios, pero nada que habla el maldito idiota, mierda y yo esperando atenta, viendo como sus dedos empiezan a golpear la mesita donde las botellas aguardaban vacías, viendo sus pequeñas uñas cortadas, viendo sus manos vacías, sin lapicero alguno y una esperando a que por fin hable, esperando que habrá la boca, esperando a un tipo que acababa de conocer pero que ya me tenía excitada, atenta, atontada, escuchándolo con todo el interés puesto en él, viendo sus gestos, hasta el más mínimo gesto aquella noche, noche de mierda, lunes de mierda y ya es las 8:30. Llegaré tarde otra vez al trabajo, otra reprimenda como las dos últimas semanas, los compañeros fastidiando, la chica del fondo murmurando cosas que ya ni me interesan oír, el nuevo chupándole la media al jefe seguramente con un: jefecito, yo no llego tarde al trabajo. Bah! Menuda mierda lo que pasan los lunes.
Pero yo esperaba ilusionada al texto, al puto texto para que pueda de una vez cambiarme los días lunes, los putos lunes luego del trabajo y estar sentada en la banca del parque hasta ser rescatada por la mirada de alguien que tenga los huevos de acercarse a decirme lo que ese puto, ese maldito puto me dijo: ¿Vamos a tomarnos unos tragos? Hubiera dicho no, carajo mierda, por qué solo me quede callada y dejé que me llevará a sus anchas, mierda, la puta mierda por mi actitud ese lunes, maldito día.
Otra vez todos afuera, es como si me esperasen, como si les gustara verme llegar tarde al trabajo, es que están ahí uno tras otro, con la sonrisa estúpida del trabajo, todos, malditos, los odio mierda, a todos a todos, como odio el puto lunes, lunes de mierda. Llego a mi sitio, pero esta vez el jefe no está, o quizá si pero está encerrado con la secretaria preparándose para los juzgados orales, cómo no, como si una no supiera lo que pasa en esas reuniones, pero a lo que iba con toda esta mierda que me viene acompañando desde ese maldito día, si, lo sé suena aburrido cuando lo repito, pero es que si supiera que paso también odiará los putos lunes de mierda. Esperé atenta hasta que el mozo llega con otras dos botellas de cerveza y ya era alrededor de media cajita cuando el muy orondo dice: Esta bien leeré algo, pero antes he de ir a los sanitarios y otra vez esa risita suave, otra vez ese espacio blanco entre sus labios, otra vez sus manos y el maldito lapicero dando vueltas en sus dedos, como si supiese que es me fascinaba. Salió y preguntó al mozo por los servicios y en ese momento pude por fin respirar, conté hasta tres: UNO DOS TRES y solté el aire, mierda, me sentí muy relajada y tranquila, en ese momento pude por fin estar preparada para su vuelta y exigirle que lea lo que venía escribiendo en aquel momento mientras se bebía una cerveza con su mirada fija sobre mí. La cerveza estaba sobre la mesa, los vasos estaban vacíos y su libreta reposaba ahí. Mierda, en serio su libreta estaba ahí, en a mesa, sola y yo frente a ella. Entonces viré varias veces esperando salga del baño. Pero demoraba y no recuerdo cuantas veces volteé y él nada que salía, me quedé un largo rato viendo la libreta con las ganas de tomarla y revisar todo lo que había dentro, seguro lo dejó para que lo pueda leer. Demonios y si solo lo dejó para ponerme a prueba. Si, con esos pensamientos estaba yo, luchando conmigo misma, esperando darme una respuesta y no sé cuanto paso ni cuanto duro ese momento, giré nuevamente y nada, demoraba demasiado y no lo pude contener más. Decidí nuevamente contar hasta tres, putamadre contar nuevamente a tres, contar varias veces hasta tres en un día lunes, eso no es común por díos, pero lo hice: uno, dos, tres y estiré la mano hasta coger la libreta verde, con la manos temblorosas viré una vez más para ver si salía o no, para saber si él estaba ahí vigilándome. Más nada todo seguía igual y decidí abrir la libreta.
Mierda, mierda, mierda! La primera hoja vacía, la segunda también la tercera igual. Revisé varias páginas y todas estaban vacías. Enojada, molestísima decidí ver la última cara, la puta mierda decía para mis adentros. Y por fin lo leí, estaba escrita con letra imprenta, lapicero azul, escrito perfectamente, con calma y sin errores:

 GRACIAS POR CANCELAR LA CUENTA.

Mierda, dígame usted si no es para partirse de la puta risa en medio del local, de gritar y maldecir a todos, porque el puto tan solo había estado…
-¡GURMENDI!
¿Si?
-A la oficina del gerente.

Mierda, mierda, mierda, no le digo a usted que los lunes son una puta mierda, lunes de mierda, semanas de mierda, putos, putos, puto.


-Melvin Jara

Nacido en Ayacucho, vivió en Pisco, San Clemente, gran parte de su vida. Aprendió a leer, escribir, amar y olvidar al mismo tiempo en que los verbos y oraciones lo iban devorando. Quizá conservó su corazón de cataclismos para perderlo en las aguas lizianticas. vive aún, aunque nadie sabe por cuanto tiempo. 
Es feliz, muy feliz.  

sábado, 2 de diciembre de 2017

BICICLETAS DESGASTADAS.

Como siempre, las 3:30







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Al concluir de la clase, salimos en grupo. Enrique llevaba los cuadernillos y los papelotes con los apuntes de la exposición. Ella andaba con pasos presurosos, camisa a cuadros blancos y rojos dejando ver el relieve de unos pechos que se perdían entre el estampado de una playa sobre el polo. El pelo atado, negro. Pulseras adornando su muñeca, pecas en la cara, sonrisa diáfana, ojos saltones. Las calles y el tráfico iban atrapando cualquier intento de conversación. Yo con las botellas de gaseosas y paquetes con galletas.  
¿Total, dónde vamos? De las cinco distintas voces, fuimos seis aquella tarde, nos sentamos

Habló con la suavidad de los años que nos diferenciaba, doce tan solo, con suavidad, aplomo y querencia. Y sus ojos ahogaron a los míos, entre plática, silencios. Habló de la bicicleta y el paseo que gusta dar en ella. Contó lo bien que pedalear sin cesar había traído a su salud, sobre lo beneficioso para su alma.
  Recordó incluso el gran viaje y acabó mordiéndose los labios. Tomó mis ojos y sacó el jugo de ellos, sin tocarlos. Dejó el vaso vacío, ya no parecía haber seis. Será que el desmembramiento los fue dejando cansados y sin palabras.ara todos. Su voz me contuvo con un susurro imperceptible para los demás. Dejo caer luego sobre la mesa tres frases en voz alta y de pronto fuimos doce, en la misma mesa, fuimos doce y en aquel momento de su bolso salieron frases del Vallejo chorreándose por el piso, manchándolo de negro y recordé “Espergesia”. Entre tantas preguntas y respuestas sueltas, las edades salían a flote, para ganar peso y destruir de una vez las mesas, empezar a correr, para respirar tranquilamente, toparnos con el tráfico, tragárnosla lentamente.
Paola, qué estaba sentada en mi derecha pareció despertar, dijo que tenía la garganta inflamada por contener por años tantas cosas por decir. Habló de Dios, aliens, amor. La mesa era atea, cuatro a uno, mientras yo no dudaba del todo de la palabra del hombre. En medio de tanta mentira se esconde también la verdad. Empezamos a llorar por nosotros, por la humanidad y los animales. Lloramos por las plantas y rezamos juntos un avemaría para luego leer Helamán 16:22. Paola parecía ahogarse, sus manos le temblaban y entre graznidos en vez de murmullo acabo apagándose.  Enrique, sentado a mi izquierda. Dejando un poco lejos a Marcia, dueña de la antología del Vallejo. Estaba luego Rebeca y sus ojos aguados. Yolanda y Diana acababan de cerrar la mesa.
Marcia volvió a soltar palabras y todas las miradas llegaron hasta ella. Quien sonreía como una niña, su rostro no había sido tan golpeado por los terribles años, a pesar de llevarme doce años era mucho más joven que cualquiera en la mesa. Empezó a llamarme por mi nombre, seguro porque nadie repararía en lo que dijéramos. Repitió tres veces mi nombre, las tres veces sin dejar de verme a los ojos. Volvió a contar sobre su bicicleta, esta vez comunicó que yacía guardada y fría en el ático, empolvada y acongojada, olvidada junto a otros juguetes. Dijo que no tenía tiempo, que faltaban las ganas de otrora, hasta sobre el mal clima y que esto no dejaba salir tranquilamente. Guardo silencio y comprendí su soledad. A pesar de andar rodeados de cinco en ese momento, quizá por eso Vallejo esperaba con expectativa al tope, dejándose ver la portada, y realizar su aparición. Su voz quedó colgada, lánguida sobre la mesa y su vacío vaso y el libro en su cartera pareció incendiarse, morir en abril y con aguacero. Le dije que podría acompañarla en los paseos en bici. Sonrió y dijo que tendría que desempolvar primero, enderezar el timón, inflar las llantas y modificar el asiento. Prometí ayudarla con el tema de las llantas. No dejaba de sonreír, la mesa de cristal dejaba ver sus pequeños pies avanzando lentamente hacía los míos, no dejaba de sonreír mientras todos estaban desaparecidos. Marcía tenía una sonrisa exquisita, era de aquellos rostros que no parecían sonreír y quizá por ello verla con la sonrisa entera volvía ese acto tan sublime y suave.
Lástima que todo sucedió cuando ella estuvo a punto de darme la dirección exacta de donde nos encontraríamos para el pedaleo. La mesa explosionó por tanto peso, dejando vidrios rotos, el piso mojado, astillas y cuatro voces quejumbrosas y asustadas. Enrique se limpiaba el pantalón de las pequeñas astillas, Paola secaba su rostro y su mano, Rebeca, Yolanda y Diana reían como locas buscando disimular su miedo. Marcia no volvió a decir nada, ni durante el trayecto. Sabía que su palabra ahora cargaba mayor peso y podría aplastar cualquier superficie. Por eso anduvo con los labios cerrados, mirándome de reojo para luego enterrarla en el piso.

Llegamos al paradero, la abracé esperando se le escape algún susurro y pueda empaparme en ella. Apreté fuertemente y ni siquiera un suspiro. Nos apartamos lentamente, nuestros compañeros se despedían entre ellos, estiró su mano hasta llegar a la mía y dejó un papelito para irse corriendo. Para desaparecer en el ómnibus que la llevaría de regreso. Se despidieron de mí tan rápido que no pude darme cuenta, mientras intentaba no apretar tanto los puños y así evitar se mojen con el sudor que se iba acumulando en mis manos. Cuando se fueron todos abrí la mano para toparme con un pedazo de papel humedecido y desecho, donde a duras penas se lograba ver lo que fue un número, hecho con lápiz. El sudor de mis manos había vuelto a jugarme una situación triste, no quise admitir este hecho y acabé culpando a Marcia y al poder destructivo de aquella noche.

-Melvin Jara